lunes, 31 de diciembre de 2012

Welcome 2013





Gente amiga y querida, adictos a la fritanga pura, se acabó lo que se daba. El 2012, que prometía mágicas luces por lo que de encantador tiene empezar y acabar por el mismo número, fue un año lleno de aceites malolientes de segunda extracción en caliente y con cantidad de químicos catalizadores en el proceso. Año de poner pie en tierra y comenzar un camino nuevo para muchos de nosotros. Hubo de todo, claro está. Habrá que quedarse con lo mejor y colocarlo en el tarro más preciado de nuestra memoria; lo menos bueno lo dejaremos correr para que se hunda en el mar de las Hespérides, allí donde occidente remata su canto.

Agradezco la compañía de muchos amigos en este caminar sinuoso del año que se agota. Aguardo que el buen humor y la amistad nos velen las penas que puedan venir; aguardo también que hagamos piña en el compromiso de ser mejores para empujar el cambio silencioso que sólo se puede dar desde nuestros pequeños gestos. Aprovechen este último día y sean felices durante el tiempo que nos queda hasta las doce de la noche. Sueñen un 2013 dichoso cuando la duodécima uva esté mezclándose en la boca con el resto. FELIZ 2013, muchachada.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Mundo pobre



Día gris. De gotas embalsamadas en la baranda del balcón. Ventean los toldos de los edificios en un oleaje irregular, a veces nervioso, a veces sosegado. Cobijado bajo una manta y con el radiador de aceite a bocajarro, leo en esta mañana de invierno prometedor. La vida extrarradial regala a estas horas pasos de vecinos, movimientos incansables del ascensor que porta a seres saturnianos a las grandes superficies hasta la hora de almorzar y sirenas a lo lejos, que no paran de ahuyentar la escasa y silenciosa actividad de estos márgenes de la realidad. Entre las rendijas de esta tranquilidad sabatina se cuela un sonido ancestral, cargado de recuerdos de otros años, que me retrotraen a la infancia: el silbido de una flauta de afilador. Entre la estridencia más o menos aceptable (dependía de los pulmones del que soplara) y la cadencia más o menos armoniosa de bajar y subir por la escala musical, se movían estas interpretaciones utilitarias hace años a la búsqueda filos desencantados y mellados.

Pienso en ello porque desde hace rato acumulo pruebas fenomenológicas de que el mundo que vivimos hasta hace poco, lleno de superficialidad y de imposturas propias de etapas de consciencia muy lábiles, está hundiéndose (no quedaba otra) en el limo de la realidad. Observo que vuelven las huchas a las calles (de hecho, el centro de la ciudad es ya una gran alcancía en la que depositar la calderilla de nuestra mala conciencia), los limpiabotas, la rotura de lunas en los coches, los pedigüeños a la puerta de casa con el simple deseo de un cartón de leche o “lo que sea”, etc. Ayer vi a un hombre de casi 60 años colar en los buzones publicidad de una pizzería de la que no tenía pinta de ser el dueño. Hoy el afilador. No quiero meter en el mismo saco todas las actividades descritas arriba, claro está; sólo busco constatar que el mundo que habitamos ahora está retornando hasta justo el momento antes de que alguien dejara puesta la piedra sobre el ilusorio acelerador económico. El hombre que sopla debajo de mi casa no sabe que poca gente bajará a requerir sus servivios, por mor de la desconfianza a lo desconocido, porque los chinos e Ikea suministran enseres cortantes a módicos precios y porque los cuchillos cerámicos (que no pierden propiedades) se han puesto de moda. Por lo tanto, para mí ese sonido no es un reclamo, es un grito, un aviso de que algo pasa. Como último detalle, les diré que, mientras lo cotidiano se decolora por efecto de la crisis, las grandes entidades bancarias no paran de organizar comidas de Navidad en los mejores restaurantes de la ciudad. Sí, tienen derecho, pero lo que importa es el gesto. Buen día.

jueves, 13 de diciembre de 2012

La vida capitalina



Estuve en Madrid. Un rato apenas, lo justo para registrar los colores pastel de la vida contemporánea. La bella y amable Monique me dejó de nuevo instalar mi humanidad en ese piso compartido con otras cuatro chicas. Cuando llegué, una de ellas estaba en la cocina pimplándose una botella de Rioja en un gesto autocelebratorio de arquitecta premiada. Su estudio había ganado un concurso para construir en Qatar una expo olímpica de 4000 metros cuadrados donde se diera nota de qué fueron y podrían ser los Juegos Olímpicos costeados por petrodolares en el espacio tan remoto como hortera de Qatar. Me dio la impresión de que la joven intentaba beber para olvidar. No me extrañó.

Por la mañana, salí temprano para coger el metro y surcar la periferia. En el frío galáctico del amanecer, vi imágenes horrendas de lo que muy pronto ocurrirá (si es que no ocurre ya) en las ciudades de provincia por pura mímesis: dos jóvenes se dedicaban a recoger botellas abandonadas de un botellódromo improvisado al lado de la Puerta de Hierro, mientras que el servicio de limpieza hacía lo propio a escasos metros. Alcohol de segundo buche, pues en su búsqueda cataban con desgarbada postura los elixires de los malos cálculos y el hartazgo de adolescentes que beben maquinalmente por no caer en la cuenta de que la vida de ahora ya emborracha por sí sola. En el metro seguí observando cual entomólogo las pequeñas vidas de mis congéneres. Al igual que existía un alcoholismo de segundo buche, también, en las entrañas del metro, existían otras manifestaciones del frío espiritual que recorre Occidente. Determiné que hay una forma de amor no catalogada en las bibliografías al uso y que podría denominarse Amor de Prosegur. Hombres desfondados humanamente, seguratas a 700 pavos brutos el jornal, requebrando todas las mañanas a limpiadoras y taquilleras igualmente hastiadas.

Camino de Las Rozas, se me ofrecieron vistas del show business favorito de hace una década: el hormigón podrido de urbanizaciones a medio hacer, las soledades del piso piloto y el eco demente de las obras sin finalizar. Menos mal que Guadarrama estaba nevada a lo lejos y que el sol escamoteaba estas visiones de arquitectura fallida con sus caprichosos juegos en la niebla.

Amigos, vivir en la City tiene sus mermas, pero creo que aún, como decía mi amiga Geraldine de sus paisanos parisinos, aún no tenemos la cara cuadrada de los habitantes de las grandes urbes. Vayan a Madrid con el firme propósito de disfrutar, pero también de volver. Salud. 

miércoles, 28 de noviembre de 2012

A perfect day



Abandoné el hogar esta mañana a las 7.12. En la primera rotonda que bordeé, un ciervo de proporciones fabulosas pastaba el perlado rocío de la noche. El ayuntamiento del lugar que habito ha comenzado a colocar la tramoya navideña con, para mí, el extraño marbete de lo “enigmático doméstico”. ¿Qué hará ahí ese animal y por qué convivimos con este tipo de decoración sin plantearnos que el mundo decembrino es extraño y falaz? Power y la música mana de la radio. La casualidad no existe; por lo tanto, que suene el Concierto de Navidad de Corelli, cuando aún pienso en la fantasmal figura del ciervo, es un vestigio de que la beldad del mundo me asaltará en cuanto baje del coche. Un rumor que campa por las calles todavía vacías de un cerebro recientemente reactivado me agita.

La carretera que me lleva al tajo tiene hoy la inmensa compañía de una luna llena. Recuerdo a ese joven muchacho que un día en clase me preguntó con una inocencia impropia de sus 17 años que por qué la luna le seguía en la noche cuando iba en la moto y dejaba de hacerlo cuando paraba. Nunca supe qué responder (la óptica es una mis grandes lagunas). Suena ahora “Una barca en el océano” de Ravel y entonces todo muta: el acero del asfalto, la nimbada luz de los autos, el brío matinal de la helada; todo, absolutamente todo, es contundente y procaz. No hay nada como romper el velo que nos lleva del sueño a la vigilia con la sensación de que el ritmo con el que la mañana tocará el piano es el mismo que perfila tu sombra.

Ahora casi puedo decirlo. El día fue un custodio de buen agüero. El regalo vespertino lo puso mi difunto amigo Vladimir Nabokov. Acabé de leer, con el sabor a la hierbabuena del té que acompañó las veinte últimas páginas, Cosas transparentes, una nouvelle que crece a medida que uno se acerca al punto y final. Hay un milagro que difícilmente es superable por otros medios. La literatura, amigos míos, es un refugio extraño. Busquen la triada efervescente: bello-bueno-verdadero. Así no habrá nada que pueda con ustedes. Salud e imaginación.

martes, 30 de octubre de 2012

Power pop, Gothic pop y fritanga pop



Fin de semana musical. El viernes me fui con Libertad a los confines de la City en busca de una nave reconvertida en una sala de conciertos. Antes de meternos a ver a Nada Surf, grupo neoyorquino de power pop, nos buscamos la cena en los garitos aledaños dispensadores de comida. En un agujero con olor a fritanga estaban deglutiendo croquetas y carrillada los componentes de la banda y también algún que otro gruppy que se barajaba con derrengados y ojerosos parroquianos. Como la mitomanía es un rasgo de cerebros poco reflexivos, no nos tiramos a la mesa de los músicos para sacarles un garabato autógrafo, pero sí nos dimos a la tarea de mirar de reojo sus evoluciones como comensales. Inferimos unas cuantas cosas: que los americanos tienen un estómago a prueba de bombas (las patatas del revuelto eran tan demócratas o tan negras como Obama); que los auténticos líderes de bandas en condiciones racionan el Rioja por mor de que el personal no vaya mamado hasta el escenario; y que en algunos bares de la geografía local nos están envenenando con fritanga de la peor calidad.

El concierto estuvo bien. Pudimos observar que la gente se mama y confunde el power pop con el ska y se entregan con devoción al barullo pega-leña. Obviando una escaramuza violenta protagonizada por un calvo y un enano, el espectáculo mereció la pena en todos los sentidos: buenas voces, fantásticas guitarras y un batería con la pulsión de un metrónomo.


El sábado el bueno del amigo Alfonso hacía la presentación en sociedad de su musical proyect en los altos de un edificio regionalista (el modernismo local) de la Plaza del pan. Azotea con vistas a la cúpula de El Salvador y a otras muchas azoteas que fueron la envidia de los que allí comparecimos (mucha tumbona y mucha piscina bajo tímidas palmeras). Nulo tocó sus temas acompañándose de la proyección talentosa y a veces desasosegante del maestro Guillermo, que hizo de particular dj. cinematográfico para una música hipnótica que se movió entre lo electrónico, lo acústico y lo neo-gótico. Lo bueno de ir invitado a estos eventos en los que se dan cita amigos de unos y otros músicos es que los especímenes humanos son excitantemente variados. Conocí al rapero Tote King, que cuando me comentó que no tenía coche y le dije (y puedo dar unos cuantos nombres) que “los poetas no tienen coche” confesó que le gustaba ese flow (?). Luego hice pandilla con un joven abigotado y expansivo por el efecto del ponche. Medievalista amateur confeso, me dijo que un dilema sin aparente solución lo constituía la siguiente pregunta: ¿dónde se encontraba con exactitud el foro de la ciudad? A partir de ahí dimos (yo también estaba emponchado) en reflexionar sobre cuán viejas eran esas calles que flanqueaban el edificio y cómo la ciudad medieval tenía un mecanismo invisible que la hacía funcionar con una inteligencia pasmosa. Ya ven, my friends, el culturetismo bien entendido puede regalar mucha felicidad.

Sigan los avances del rapero Tote King y háganme saber si el flow que me vio se convierte en una letra de éxito porque espero retirarme pronto de las plazas; persigan el nombre de Nulo por la ciudad porque les sorprenderá; y rapten a Guillermo García para cualquier trabajo de producción o creación audiovisual porque este tipo sí que es un poeta, sin coche, por cierto; una joven ninfa empotró el suyo en una avenida de la City mientras el joven Guillermo lo imaginaba plácidamente aparcado. La ninfa debía 2 meses de seguro. A Nada Surf lo encuentran en la Fnac y en Youtube. Feliz día.


miércoles, 24 de octubre de 2012

Buscando a Séneca entre las hierbas.



Dejé colgada la chaqueta en el perchero de mon amour y nos fuimos a loquear a Málaga. Exactamente a un curso de cocina vegetariana (macrobiótica a ratos) con una alumna aventajada de la gran gurú del asunto Montse Bradford. Llegamos a la hora de almorzar a Benagalbón a casa de Paula, que nos acogió con todo su amor carnal, a pesar de todo. Luego bajamos a la ciudad para ver lo bien que luce la peatonalización del centro con otros dos buenos anfitriones, Colón y Marcos. Subió el fresco mediterráneo hasta mi cuello y fue así como los cuchillos afilados de la afonía me seccionaron la garganta. Desde el lunes, en la granja donde laboro mucho siseo, algo de power-point paliativo y bastante puntero.

Me tiré al herbolario a la búsqueda de un remedio natural: propóleo en espray 11.40 €; 100 gramos de tomillo 80 céntimos. Ganó lo barato. En el local había un hombre de unos 60 años casi yéndose. Digo casi, porque el señor estaba aquejado de algo para lo que no vendían nada en el lugar: una facundia propia de un centauro puesto de LSD que buscaba a víctimas propicias para prodigarse en su arte verbal. Era un hombre de otra época, sin duda. Ni la edad ni el trabajo le habían hecho perder la viveza de sus ojos azules; sólo habían alcanzado a darle un tono cobrizo al pelo rubio original. En el cuello y en ambas muñecas exhibía cadenas de oro. La del cuello se intuía; no tenía cuello. Su cabeza estaba encajada en un tronco amorconado y macizo. Una camisa a rayas amarillas y celestes (sic) era aniquilada en cuarto botón, justo en la mitad del tronco, por la cintura de un pantalón desafortunadamente emergente. Todo lo que figura a continuación es cierto. El narrador deja aquí hablar a su personaje porque no tuvo ocasión de meter intervención alguna en el tiempo que duró el monólogo:
Aquí venden muchas cosas pa adergasá, jaja, me río yo de eso. Mire usté, mi hija ha sío secretaria de un ondo- ordo- indro... ¿cómo se dice?... sí, eso, endorcrino. Cuatro año, mire usté, ni un gramo perdió la pobresita, jaja. Esa es como mi mujé, que pega un buche de agua y engorda, jeje. Ahora la niña está en paro... y se mete a comersiá. Tor día andando, tor día, ¿sabe usté? Y no pierda na, na de na. Se toma un café con una madalena por la mañana y a la hora de comé llama a mi mujé: “mamá, que voy pallá. Prepárame lo que sea”. Claro que mi mujé es otra. Cuando yo la conocí ya estaba gorda. Con 16 años, ¿sabe usté? Y es que la que es gorda es gorda. Un médico la vio y le dijo: “señora, no hay un etíope en el mundo que engorde”, jaja, claro, coño, si se ponía hasta los ojoh de pan migao en to. Mire usted, yo trabajé en Los Remedios de panadero. Cinco bollos me comía por la mañana y dos huevos pasaos por agua...y aquí está er tío...” El tipo se calló porque nos fuimos por la puerta educadamente. De soslayo, al salir, pude entrever la mirada del dependiente que emitía mensajes de auxilio en clave ocular: “llevarse a este tío, por lo que más queráis”.

De vuelta a casa vine cavilando sobre el senequismo extinto en los andaluces occidentales. El silencio meditativo, la reflexión y el apunte lúcido es algo que aún existe en esta tierra, pero es difícil dar con ello. La vida moderna, enjabonada con los geles de la confusión entre la vida pública y la vida privada, hace crecer estos engendros inverosímiles más propios de los Quinteros (metan entre Serafín y Joaquín también a Jesús, cual portal de Belén posmoderno) que de la realidad tangible. Por cierto, el tomillo en infusión sabe a zapatería china. Besos.

martes, 16 de octubre de 2012

Marte y Venus no conocen la felicidad



Mi vecino de arriba, militar profesional, una noche le dijo a su amada en el balcón que en las guardias ya no pensaba en ella. Lo oí este verano mientras intentaba conciliar el sueño entre el olor a pólvora quemada y el zumbido de un escuadrón de mosquitos. “¿En qué piensas entonces”. Me costó entender lo que decía el marcial amante, pero conté las sílabas escandidas en el aire y ya no dudé de su respuesta: “En el fútbol”. Toma ya, y eso que aún no había empezado a liga. Hoy supongo que habrá instalado la raya verde césped en su televisor porque patalea, gruñe, insulta, habla solo y mueve muebles estrepitosamente. Que conste que no me molesta. Pienso en ella, que aún no ha cogido el primer tren con destino al Edén y que andará refugiada en cualquier búnker anti-fútbol improvisado en el mismo hogar. Desde allí sale una vocecita (la oigo desde donde escribo) que pregunta “¿Empataron?”. “¡Hijos de puta, en el último minuto!”. Ahora sé que no se irá a ningún lado; esa pequeña concesión al resultado me demuestra que amará tenazmente a este hombre que en las guardias de guardar nada andará imaginando quinielas imposibles a la par que ella lo sueña en batallas distantes, guerras furibundas que lo barran del mapa y le procuren a ella la vida feliz que un día le prometieron. ¡Oh, amor, cuánto dueles!

viernes, 12 de octubre de 2012

De la vida perra y otros azares


Estuve en Madrid asistiendo a unas master class en torno a asuntos varios. Me dio acomodo en la capital la amiga Monique, una joven intrépida versada en la meditación vipassana antaño y ahora ayudante de producción del Teatro Circo Prize. Disfruté de un espectáculo a medio camino entre lo circense y el drama, que demostraba que existe vida más allá del cada vez más cursi mundo del Cirque du Soleil. También vi las luces de la gran ciudad desde la planta número 15 de un edificio donde tenía lugar una fiesta. Sito allí estaba el estudio del arquitecto José Mª Sánchez García, que daba de beber y mostraba sus proyectos.


Conocí la afamada noche madrileña (sin rastro ya de las sombras alargadas de trasnochadores valle-inclanescos) con sus garitos y seres nacidos del serrín de la vida contemporánea. Acodado a una barra penetré (o me metieron directamente) en las cuitas de garrafón de una joven cuarentona que en 20 minutos me contó (aseguro que no tuve que preguntar nada) que se dedicaba a la reeducación de animales a domicilio. Según ella, se inició en estas artes pedagógicas porque el perro que compartía con su anterior pareja le mordió el labio superior. Llevada la mascota a un psicólogo canino, el profesional le aclaró que el perro no aceptaba el tercer puesto en una casa donde el lugar más alto del podium lo ocupaba su hombre, del que estaba perdidamente enamorado el propio animal. Herida en el corazón (y en el labio), despechada por un vil can al que siempre había prodigado un inmenso amor, abandonó al colega y a Chotis (sic), pero sintió que la llamada de la selva la convertía en una nueva Dian Fossey de la fauna urbana. “No me puedo permitir una consulta. La gente me llama y voy a sus casas. Que si hay que reeducar a un perro, pues lo observo y, si es necesario, me lo llevo. Creo en el collar eléctrico y las descargas. Lo demás son tonterías. He leído bastante sobre el tema”. Con la copa de vino incrustada en la boca y mirándola a los ojos, pensé que la crisis no sólo estaba acabando con la trama de protección social, sino que hacía crecer situaciones monstruosas más allá de nuestra imaginación.

Salimos del bareto en grupo para embocar la entrada del metro. La reeducadora era ahora novia de un joven (desconozco si propietario de algún animal) que pasaba sus mejores horas entre los bastidores de un teatro de relumbrón. El hombre procesionaba delante de nosotros con el espíritu demediado de los que laboran de soles tempraneros a lunas avanzadas. Me despedí de la chica, que antes de decirme adiós me aclaró que estaba sacándose el Bachillerato y que bailaba funky en una tienda de ropa de horario estajanovista. Caminé a casa de Monique observando la caprichosa trasmutación de las sombras y de las gentes: almas adolescentes en pena a la búsqueda del amor de botellón finisemanal. Les envidié la lozanía, no el espíritu. Anda uno ya en otros menesteres más propios de su edad. Bajo el edredón pensé en que la vida perra está totalmente desligada de la condición de ser un chucho o no. La vida perra nos la endilgan desde fuera gentes desalmada que leyeron tres libros de psicología animal, de economía o de socio-política práctica. El collar eléctrico es lo mejor que nos puede pasar. Good night. 

jueves, 4 de octubre de 2012

Monstruos



Mi vecina de arriba es madre de una criatura (no he tenido la ocasión de ver a ninguna de las dos; las siento –bastante– en el balcón donde hacen los deberes una planta sobre la mía). Los métodos pedagógicos de la madre manejan enunciados tales como "me cago en la hostia, ya estoy hasta er coño; lo tienes que memorizá como tu nombre. Como no te pongas a ello, te encierro en tu cuarto. Se supone que te lo tienes que saber ya porque lo habéis visto en clase...me cago en los muertos". Calculo que la ninfa estudiante tendrá 10 añitos en el planeta. Su madre le está abriendo camino a un mundo sin sensibilidad ni contemplaciones. La niña tiene una voz arrastrada que oscila entre el llanto y la estupidez. No puede ser de otra forma con una progenitora así. "¡Qué asco, qué jartura; anda que tu padre va a perder tiempo contigo. Un mojón! Cierro la ventana para no seguir oyendo a ninguna de las dos. Son personajes reales e inverosímiles a la vez, que devoran la esperanza de que el mundo sea mejor algún día.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Adiós a las quimeras. Viva la estupidez.



Profesé una admiración absoluta en mi niñez por Chaplin –admiración que se ha ido desinflando en los años de madurez por prestarle atención a otras cosas de menor importancia–. Mi madre, que me inculcó este entusiasmo hacia Charlot desde que descubrió que era el disfraz más barato para fiestas de fin de curso si prescindía del bombín y de la chaqueta (te convertías en un imitador más o menos creíble sólo colándole una corbata negra al jersey de pico del uniforme del colegio, pintándote un apresurado bigotillo y portando un bastón siempre más grueso que el original), me ha telefoneado hace poco para informarme que en un canal televisivo estaban poniendo La Quimera del oro. Como considero que cualquier consejo materno es de vital trascendencia para un hombre, he vuelto a enchufar (sic) el televisor, que hacía que no sentía la corriente desde junio, y he sintonizado el canal. Después de tragarme un anuncio de Direct seguros y su alarma de 99 pavos (el mundo es cada vez más peligroso por obra y gracia de estas empresas), otro de un sujetador que moldea-adelgaza-aumenta-reafirma-erotiza-masajea los pechos de toda mujer inteligente que llame en este mismo instante a un teléfono colocado en la parte inferior de “sus pantallas” y uno más de tomate frito, mi querido Charles ha vuelto después de tantos años a la vida. Cuál no habrá sido mi sorpresa al ver que la estupidez más grande que se puede cometer contra una obra de arte como esta película se ha hecho sin ningún tipo de reflexión. No, no la han coloreado. Peor aún: han introducido una voz en off que comenta y pone diálogo a lo que antes era mudo y solamente acompañado por una guía musical. Se han sustituido las cartelas donde figuraban escritas breves notas alusivas al cronotopo o al diálogo por una voz demasiado presente. He bajado el volumen porque no lo podía soportar.

Ayer mismo anduve de cervezas con mi amigo Rafael Cobos, guionista de talento de cuya pluma han salido filmes como Siete vírgenes, After o Grupo 7. Este último abrigaba la esperanza hasta ayer de volar hacia L.A. para saludar a la estatuilla de la sección de Mejor película de habla no inglesa. No pudo ser. Por Grupo 7 va Blancanieves, un cinta muda y en blanco y negro que hace una relectura del cuento de los Grimm Brothers en clave cañí. Como comentábamos anoche, marchar a Los Ángeles con un film de estas características deja bien a las claras que ir a rebufo de éxitos pasados y sus modelos es a lo que más se arriesga la industria cinematográfica española. Si The Artist triunfa, nosotros también podemos.

Para el desmejoramiento de las generaciones futuras y de estas mismas que ya frisamos la cuarentena, no hay nada como sustituir Quimeras por estupideces. Le ponemos voz a Chaplin y se la quitamos a la peli de la Verdú. Es probable que ésta no tenga nada que decirnos. Aclárenles a sus hijos que Charlot no necesitaba nada de eso. Saludos.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Un Oscar para el fin del verano



El disco más feliz de toda mi discoteca de jazz se lo debo a mi amigo Luisma. Se llama “Hello Herbie” y en él se afanan por hacer una música maravillosa Oscar Peterson (piano), Herb Ellis (guitarra), Sam Jones (bajo) y Bobby Durham (batería). Cualquiera que haya oído con atención los discos donde aparece el bueno de Oscar, ya sea como cabeza de cartel, ya sea como acompañante, habrá constatado que estamos ante un hombre bondadoso, un hombre que toca y deja tocar. Un telegrafista que teclea al fondo de la sala cuando en la puerta alguien silba prodigiosamente, un obrero del piano cuando acompaña por atrás y tiene que estar ahí, pero el foco recae sobre otro. El blues y el swing que contenían los dedos de Peterson lo coloca al lado de los artistas cuya intuición los emparenta con seres capaces de traspasar la línea entre lo mundano y lo genial.

Oigo los 7 temas de “Hello Herbie” cuando ya el verano declina y la savia de los árboles se recoge para regalarnos los colores de otoño. A lo lejos veo a los últimos bañistas de la piscina de la urbanización, ajenos a que sus cuerpos se muevan hoy al ritmo de estos musicazos. El bueno de Lucho, el socorrista argentino que ha estado velando nuestras evoluciones natatorias y que el domingo vuelve a su país, anda por el borde de la laguna clorada con el paso vacilante del que se vuelve a su lugar y deja amigos en la distancia. La ecuación de la melancolía contiene las constantes del tiempo y el espacio sin valores prefijados.

Amigos, se va el verano glorioso del 2012. Dichosos los que hayan llegado hasta aquí. Nos espera la felicidad de los ocres y de los primeros fríos. Oscar Peterson sería una buena compañía para ver caer las hojas. Mil gracias de nuevo Luis.

lunes, 10 de septiembre de 2012

El esplendor de Portugal


Hace unas semanas estuvimos en la Lusitania. Aventuras y desventuras con el pago de las autoestradas y los radares (un portugués con un coche matrícula de Barcelona nos dijo que era inútil pagar –lo hicimos–, pues a Espanha no llegan las multas). Los espanhois vamos hasta allí para comer y decir que todo es rico y barato. Evidentemente, Portugal pasa por una demoledora crisis económica que acrecienta la sensación de que nuestros vecinos del Wild West peninsular están en plena regresión crono-económica hacia los años de las cuberterías a buen precio. Se trata de un país cuyo patrimonio está en manos privadas o en manos de la carcoma. Los coletazos de la grandeur europea se pueden rastrear en ostentosas oficinas de turismo dentro de pueblos ribereños del Alto Douro o en otros tantos coliseos municipales. La última incrustación de perlas caras se hizo en Oporto (Porto en el romance local), pero la cultura no vendible de la nación (iglesiñas, yacimientos arqueológicos, etc.) se agrieta con la colaboración de los días y la falta de fondos.


Si van por Porto, las guías actualizadas les llevarán a la Casa da música, un auditorio diseñado por el arquitecto holandés Rem Koolhas, la firma que se eligió para poner el toque de distinción constructiva a la capitalidad cultural europea del 2001. Fuimos guiados hasta allí por la admiración de dos arquitectos amigos que gustan de estas “ejecuciones modernas”. La anduvimos por dentro y por fuera como muestran estas instantáneas. Más curioso en su interior que en su exterior, nos pareció un polígono de cartulina construido un domingo por la noche para entregar el lunes a primera hora por un muchacho algo distraído.




























Huimos a la búsqueda de otras arquitecturas que figuran en las monografías de –esta vez sí– un artista local, tal vez el hacedor luso más universal en estos ámbitos: Álvaro Siza. Entre 1958 y 1966, con apenas 30 años, Siza se estrenó en su Matosinhos natal con dos obras que, sin grandes gestos pero sí con una original lectura del legado de Lloyd Wright y con una personalísima visión, cambiaron la fisonomía de la playa de los portuenses: la Piscina des marés y la Casa de chá da Boa Nova. 






Uno se pregunta cómo unas ideas tan tremendamente innovadoras  tuvieron acomodo en estas costas durante el salazarismo. Disfrutamos mucho de ellas, sobre todo porque los atardeceres de aquellas tierras ofrecen un cromatismo cálido y mágico a la vez. No duden en ir a ver estos vestigios de un tiempo y un hombre que se nos van. La Casa de chá, cerrada y con la promesa de una intervención, se desportilla como una taza de cerámica china mal colocada en una caja de madera, pero, si trepan un poco por las rocas sobre las que se sustenta, en la cara oeste disfrutarán mucho de su alma. Ah, “el esplendor de Portugal”.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Volverá el "quejío"



Viví 8 años sin interrupción compartiendo pared con Maki Yokota, una señora japonesa de edad indeterminada (oriente no cree en el paso del tiempo) que lleva otros 30 en la City. La trajeron hasta aquí los efluvios flamencos que llegaban a su Tokio natal allá por los ochenta. Dejó madre y hermano en pos de una transculturación liberadora que la convirtió en una de las primeras bailaoras niponas en estos pagos sureños. Luego el destino guasón le jugó la mala pasada de colocar bajo su casa (de la mía también, para qué os voy a contar más) una academia de flamenco de dudosa insonorización. Maki siempre me recordó al japonés que interpreta Mickey Roonie en Desayuno con diamantes, siempre quejándose de la vida doméstica de la Hepburn. A cualquier anomalía acústica que hubiera en mi casa, siempre ponía un comentario socarrón cuando nos encontrábamos en la escalera: “anoche poco de fiesta”, “has montado muebles mucho”, “Qué suerte poder hacer obras en verano”. Su español es telegramático pero afilado. La academia la dejó lista.


El otro día la encontré en la calle. A sabiendas de que no es muy dada a grandes conversaciones, opté por preguntarle si había visto algo bueno en la Bienal de Arte Flamenco de este año, que está teniendo lugar ahora mismo en la ciudad. “Yo ya he visto todo lo bueno hace años. El mundo ha cambiado; el flamenco también. La gente ha visto la tele y ha viajado. Todo es diferente ahora. Ojalá con la crisis vuelva el quejío”. Y se fue. Plantado me dejó con el picaporte en la mano y dándole vueltas a este conciso proverbio contra la vacuidad y la capitalización del arte.

Llegan tiempos de inmersión a las profundidades de nuestros tiempos pasados a la búsqueda de ostras cuyas perlas iluminen nuestras preguntas. Para los melancólicos del mundo de ayer y para los optimistas del porvenir: sólo nos queda esperar la autenticidad del quejío, venga por donde venga. 

lunes, 3 de septiembre de 2012

Fin de verano con Hopper



El verano acabó en Madrid al calor de lo que la linda Tita Cervera y sus museum boys decidieron programar como exposición estrella para el 2012: Edward Hopper y sus evoluciones hacia la concisión de un cuadro como “Dos comediantes”, el último que pintó antes de morir. 


La obra total de Hopper plantea una paradoja en cada estampa: el pintor firmaba con mayúsculas cuando todas sus pinturas estaban traspasadas por motivos aparentemente menores. Incluso la Naturaleza, cuando aparece, figura sin épica ni heroicidades. Soledad, incomunicación. Hopper viene de una tradición que usa el ennui, el spleen, el aburrimiento, como inspiración para algunos de sus óleos. La épica del siglo que se fue y del que empieza está en nuestros salones y nuestros dormitorios, incluso en los habitáculos de nuestros coches, ahí donde tenemos que lidiar con la certeza de que somos los que queremos ser. Las personas que se asoman a la realidad desde el interior de cada cuadro viven introspectivamente en el ensimismamiento de sus historias. Por eso nos gusta Hopper –a pesar de haberse convertido en un tópico en pósters y portadas de libros–, porque nos sitúa ante el espejo de nosotros mismos o de otros que pensamos que no se nos parecen.





Me gustaron las nunca vistas acuarelas, donde muestra un dominio del juego de las luces y los matices. Disfruté sus tonos de azules y sus contrapuntísticos rojos. Del impresionismo del epígono a la brillantez del que construye un estilo propio, Hopper nos deja reflexivos y sin respuesta. En el cuadro que cité arriba, “Dos comediantes”, aparecen el pintor y su esposa de la mano, ataviados como tales a pie de escenario, aparentemente despidiéndose de un público fuera de campo. Creo que ahí sí está la épica que se nos niega en el resto de lienzos: la vida que Hopper presintió que se acababa, la justa medida del agradecimiento y la salida del teatro-vida como lo que somos, los actores de una comedia que no escribimos nosotros.

Si pasan por la capital, no se lo pierdan. 

martes, 12 de junio de 2012

Los Reyes del corral



Esto que ven arriba es un documento auténtico. No ha pasado por ningún tipo de proceso informático. Es plenamente una obra artístico-ideológica realizada por un pollo anónimo. He de reconocer que pude rescatarla del ignominioso desinterés de las masas adocenadas para mostrarla aquí, fresca y triunfante, y someterla a la juiciosa opinión del público general.

El cuento es breve: una mañana de inspección rutinaria por la factoría de pollos, recalé en uno de los habitáculos que la Dirección tiene habilitados para las aves más díscolas del corral. Acompañado como iba de la Gerente Máxima del complejo, pensé que sería buena ocasión para visitar estas dependencias, dado que la figura de esta señora podría protegerme de cualquier impertinencia o desmán. La norma interna de la empresa recoge la obligatoriedad de que estos pollos permanezcan reflexionando sobre sus acciones bajo la atenta vigilancia de un operario aviar. Me consta que siempre es así, pero también me consta que el celo puesto por unos y por otros difiere venturosamente en tan alto grado que a veces los pollos aprovechan para manifestar su malestar y desacuerdo de modos muy dispares: rotura del mobiliario, pintadas, incisiones en la pared, etc. Hasta ahora había sido así. Así pues, una vez dentro la Gerente y servidor, observamos que cuatro pollos dibujaban con denuedo letras indescifrables y vehículos deportivos. Nuestra máxima autoridad quedó satisfecha del trabajo de estos seres, si bien no reparó en el cuadro que colgaba sobre las cabezas de estos y en donde, como pueden ver, aparecen los Monarcas del Reino de Spain en versión desvaidamente juvenil. En un primer momento supuse que la Casa Real había mandado una versión hippie de los Reyes para acomodar el retrato a estos tiempos postmodernos engolfados en revisitar y releer el pasado. No acepté esta primera tesis porque el verrugón negro supralabial de Doña Sofía la emparentaba más con la Caballé que con la Crawford. Así que me acerqué a la obra para constatar que me encontraba ante una obra de arte aviar, en la que un pollo de los nuestros había emparentado nuestra granja con el París de las vanguardias. Si Duchamp le había colocado un bigotillo a la Gioconda por qué no colocar un bigotazo y unas patillas al Rey de la nación. La Gerente, con la cara más blanca que el pecho de Drácula, pensó que era una absoluta falta de respeto hacia la realeza y como tal no podía permanecer ni un segundo más allí. Descolgué la obra y la puse a buen recaudo, bajo la atenta y jubilosa mirada de esos pollos que pasaban las horas ajenos a tan magna manifestación de ingenio.

De vuelta a casa me pregunté si realmente, como afirman los sociólogos del momento, la pollería occidental está desidiologizada. No lo creo. Prueba de ello es que esta obra no sólo subvierte los principios artísticos del período pre-vanguardista, sino que muestra un claro republicanismo de nuestros pollos que me hace confiar en una revolución próxima. Por si acaso, vayan tomando posiciones. Salud.

sábado, 26 de mayo de 2012

El ministro Wértigo y la cría de pollos



El Ministerio de Ponedura, Crianza, Recrianza y Promoción de Pollos, encabezado por su titular el ministro José Ignacio Wértigo, esta semana ha replanteando tajantemente los modos en la producción aviar para los próximos años. Por todo ello, en la Granja donde cada mañana brego con la pollería, al igual que pasará en el resto de establecimientos del territorio nacional, la cría de aves se va a convertir en una labor menos lucida (aún) de lo que ha venido siendo en el último decenio. Grosso modo, la cosa vendría a ser así: aumento del número de aves por jaula, aumento de la extenuante jornada laboral (con más pollos esta vez), bajada de jornal y pérdida de complementos en las ya paupérrimas pagas extraordinarias, desaparición paulatina en los beneficios de la acción social y alejamiento de una edad digna para la jubilación (no es lo mismo criar pollos que sólo sexarlos, for example). Un operario de la industria aviar, por tanto, pasará a cuidar más aves en años venideros, lo cual supone también una interesante lista de perjuicios: los tutores legales de cada ave (colaboradores del Programa de acción aviar “Apadrine un pollo para toda su vida”) comprobarán en sus carnes que su apadrinado recibe menos atención, que se desmejora la calidad del alma del pollo por el hacinamiento con otros de su misma especie, que el pequeño granjero al cuidado de sus polluelos, a pesar de su empeño, tendrá menos tiempo para la atención directa con ellos, etc.

Puede parecer extraño, pero, cuando el pasado martes se promovió una huelga general en el sector a nivel nacional, de la factoría en donde paso las horas más lucidas y lúcidas de la jornada, de 50 operarios, más o menos, sólo 7 secundamos el parón. Sorprendido quedé de que con tanto afán se dedicaran ese día a sus labores ciertos avicultores que dan el visto bueno en junio para que todos los pollos (a pesar de sus taras) asciendan en el edificio hacia jaulas más exigentes y así no tener que personarse en septiembre con el fin de revalidarlos. Oí argumentos de lo más peregrino mientras degustaba mi bocadillo de salchichón sentado en el poyete del desayuno junto a mis compañeros: “Ya nos la han metido doblada (sic); para qué hacer huelga ahora”, “Yo no me pongo debajo de la pancarta de ningún sindicato”, “Yo ahora no me lo puedo permitir”. Válidas o no, las argumentaciones me parecieron vagas, esquivas e individualistas. Individualistas porque olvidan que en la depauperación del nivel de la producción avícola del país no sólo se van al garete sus suelditos, sino que además se va a pique la formación pública de nuestros pollos y su posible acceso a la Gran Granja Especial, donde las aves más capaces podrían mejorar la especie con el empujón de programas de ayuda para la cría universitaria. Para muestra, un pollón: las mejores aves de mi sección no tendrán forma de acceso a la granja universitaria porque Mr. Wértigo ha achicado las puertas de entrada y ha agrandado las de salida (sobre todo para avicultores asociados que se verán despojados de una condición laboral que algunos llevaban desarrollando desde hacía mucho tiempo). Nuestros colegas interinos también pasarán el próximo curso gallináceo a engrosar las filas de profesionales desprofesionalizados.

Y ahora piensen en lo mínimo que necesitan las granjas de atención primaria, de atención secundaria y de atención superior para funcionar con garantías y que también se verá reducido a lo anecdótico: gallineros, jaulas, comederos, bebederos, corrales de esparcimiento, ponederos, perchas, incubadoras, criadoras de polluelos, calefacción, desplumadoras eléctricas (esto es lo que mejor está funcionando con los trabajadores), clasificadoras y pesadoras de huevos, ovoscopios, etc. Asistiremos a la caída de todo lo logrado, no os quepa la menor duda. Por todo ello, no entiendo por qué pollas el personal no se mueve. Con un sistema basado en la bancarización de todos los ámbitos de nuestra vida, hemos conseguido una sociedad conservadora que no se separa (no hay dios que se haga cargo de una hipoteca solito/a) ni hace huelgas (idem). El Wértigo está calando en las granjas y la biodramina, con esto del copago, también costará un potosí. Gloriosos días aquellos en los que los granjeros no sólo pensaban en su bolsillo, no estaban desideologizados y creían en su misión pollo-pedagógica. Ciao.

martes, 8 de mayo de 2012

Griten


La marca suiza de relojes Swatch lanza al mercado again instrumentos con la maquinaria al descubierto. El alma de los relojes está hecha con la sustancia del miedo al tempus fugit, esa sensación que comienza a aplastarnos a partir de los 40, cuando nada tiene remedio a no ser que nos lobotomicemos o colguemos una cuerda de una viga y juguemos a pendular (strange fruit) sobre este mundo correoso. Mal momento para mostrar las almas achicadas por la coyuntura global. Pienso en esas 342.000 que desistieron en USA de buscar empleo por puro desánimo. Ya se sabe que los Estados Unidos tienen una mano rápida a la hora de apretar el gatillo y de hacer estadísticas. No sé cómo andaremos por aquí, aunque basta cruzar un par de palabras con alguien para cerciorarnos de que tampoco estamos en una feria. Los 91 millones de euros que se han pagado por El grito de Munch (“una bombilla con las manos puestas en la carita”, my mother dixit), me lleva a la siguiente reflexión: ¿qué podemos hacer los que podríamos mostrar el alma a la manera de los relojes Swatch y gritar con más realismo que la caricatura del cuadro? Me hacen gracia esas campañas que surgen desde la Red como la de "No vull pagar" contra el cobro de las autopistas catalanas. Desde aquí pongo en marcha una donde el personal se fotografíe o grabe en un puente, con las manos en la cara, gritando todo lo que le den de sí su corazón y sus cuerdas vocales. Seguramente 91 millones de gritos también se puedan vender en España. Pero nada de expresionismo pictórico. Puritita verdad.  

miércoles, 25 de abril de 2012

Las opciones de ahora

Juan Carlos es un hombre de miras telescópicas. Su espectro de piezas se ha agrandado con el tiempo. Comenzar con un hermano, seguir con Mitrofán (pobre oso) y terminar (por ahora) con un elefante (¿por qué no tuvo nombre esta criatura?) lo ha convertido en uno de los prohombres a tener en cuenta en la cuenca ibérica. Ante el despropósito selvático en el que vivimos, sólo queda optar por dos modelos: la amplitud progresiva de los Borbones (más descendencia, mayor tamaño de la caza, mayor carnosidad labial de las amantes -de la San Basilio a la Bárbara Rey-) o la interminable jornada de Chinatown (sin cierres, con venta ambulante tras salir del tajo, con pisos alquiler con 30 individuos, sin conocer la palabra ocio...). Algunos humanos más optimistas que servidor recomiendan una mezcla de ambas cosas. Si es así, yo sólo veo elefantes de labios operados y tiendas donde cargar el rifle las 24 horas.
La cosa (esa anfibia manera de llamar a la realidad) va demasiado veloz. Me he comprado un casco en Decathlon (la mayor tienda de disfraces del mundo) para apearme en cuanto la cuneta sólo sea una banda de tierra fugaz y el horizonte un conjunto de macroexplosiones a lo lejos. Recomiendo llenar la garrafa de agua y la biblioteca de best-sellers. Hoy, que me he enterado de que una audiencia de 250.000 almas de un telediario cambia de canal porque no soporta los 2 minutos 30 que por ley se han de dedicar a la cultura en las televisiones públicas, he decidido cambiarle la carcasa a mi corazón. De ahora en adelante sólo me dedicaré a las mediciones atmosféricas. Cuando vea venir la tormenta, colgaré en facebook este video gigante que sólo gente sensible puede entender. I love you.

lunes, 16 de abril de 2012

Silicona y mortadela

Mi mamá, que es una santa, tiene especial facilidad para entablar conversaciones con todo ser vivo que pase con ella más de 20 segundos. Lo más curioso del caso es que la gente responde de tal manera que muchos de estos encuentros fugaces se convierten con el paso del tiempo en amistades contundentes. La admiro porque, a lo tonto a lo tonto, cuenta con una tropa de buenas personas que la arropan en los momentos más insospechados de su vida o, al menos, se le acercan para contarle microhistorias de más o menos calado humano.

Hoy el chico del supermercado que le ha llevado la compra a casa le ha dicho que "se gastó" 3000 € poniéndole los pechos a su mujer, pero que la operación fue un bluf porque el diámetro de uno de ellos distaba alarmantemente de parecerse al diámetro del otro. Ya saben ustedes que los repartidores en estos tiempos que corren no pueden andarse con tonterías ni convertirse en rapsodas a domicilio para orejas amigas, así que nos quedamos sin saber si el hombre ha estado amasando pechos con diferentes grados de abertura de manos o, por el contrario, si ha llegado a reunir la manteca suficiente como para igualar las mamas. Sí que acertó a narrar antes de volver al tajo que su hijo de 10 años sorprendentemente quiere hacer ahora la comunión, cuando ya había proclamado con 8 que nanai de la China. Los niños son así: volubles, levantiscos, antojadizos. Servidor, como muchos de ustedes saben ya, fue enviado desde Jardilín (tienda especializadas en comuniones para niños y niñas de talla humana) a la sección de bodas de El Corte Inglés porque no había camisa que cubriera el tronquito de la criatura. La criatura del repartidor, según el propio padre, se tendrá que conformar con una celebración escueta, sin demasiada pompa: unos cuantos platos de fiambre colocados estratégicamente en mesas plegables para que los comensales tengan que moverse por la loncha como si del juego de la silla se tratara.

Vivimos en un mundo difícil, donde la felicidad a veces tiene la consistencia de la silicona y otras la de la mortadela con aceitunas. Me alegra saber que los currantes siguen velando por la belleza de sus señoras (tremendo) y la espiritualidad de sus hijos, pero me apena que la carnalidad le siga ganando la partida a las cuestiones celestiales. Salve.

miércoles, 11 de abril de 2012

Pollos en Valencia


Para mi dulce Lupe, compañera de fatigas en el corral.


Nubes descolgadas del cielo toda la mañana. La empresa criadora de pollos me manda con una expedición de éstos para que respiren aires mediterráneos y conozcan otros corrales de explotación aviar. El viaje a Valencia es movidito porque muchos pollos sufren de poliuria y hay que parar el camión más de lo debido para que evacuen y no se vean importunados por cuestiones menores en pleno experimento. Habrá que hacérselo saber al laboratorio de la empresa para que ajuste estos pequeños detalles. 

A la llegada a la ciudad del Turia, una joven se aventura a guiar la visita panorámica por la ciudad. Se mueve con desenvoltura entre la polvareda de alas de pollos distraídos, más pendientes de las ofertas de indumentaria deportiva que a las excelencias modernistas de la ciudad. Tras el paseo,  volvemos a la granja de descanso con algunos pollos dañados en las patas. El grano de la cena hace milagros (el inventor de la salchicha merece cárcel en algunos casos). Como ya he dicho alguna vez, la vida contemporánea nos depara toda clase de coincidencias espeluznantes: a la pollería se le suma una convención de embarazadas que asisten como sparring a una demostración de productos para mujeres encinta. Al parecer, mañana llegan sus maridos para seguir con el asunto. 


La noche es dura porque hay que andar a la caza de pollos trasnochadores, rastreadores de migas que los llevan a habitáculos de compañeros hermanos en el deseo de malpiar al sol naciente. Que sea lo que dios quiera, mañana toca visitar ese engendro posmoderno llamado la Ciudad de las Artes y las Ciencias,  esqueleto de ballena blanqueado por la pasión totémica de las autoridades  locales.

viernes, 6 de abril de 2012

Ella Fitzgerald es el camino hacia la felicidad



Suena desde el salón "Cry me a river" en la voz de Ella Fitzgerald. Eva me concede este regalo matinal mientras me afeito antes de irnos al café Dell´Incontro a desayunar. Té, como siempre. Hoy me lo ha preparado Franco, el dueño de este maravilloso lugar. Juego de tetera de porcelana blanca y corte magistral de limón. No he podido privarme de felicitarlo por su elegancia en el servicio. Franco es un hombre discreto y se afana en disimular que le agrada el cumplido. Nos regala un pequeño huevo de Pascua mientras halaga la calidad del chocolate suizo. Luego, con disimulo le ha dicho a uno de sus camareros que nos dé a probar el helado de zuppa inglese recién salido. Nada de cucharillas de plástico; dos cucharas como dios manda para Eva y para mí, y plato de porcelana blanca para apoyarlas tras la degustación. 


Nos vamos a Locorotondo y a Martina Franca, conocida aquí como la pequeña Frankfurt. Esto se debe a que nuestro Fernando el Católico le dio a la población la autonomía administrativa y desde finales del siglo XV la ciudad no ha hecho más que crecer económicamente hasta el punto de que el Papa Wojtyla pasó por acá dejando un texto que una placa a la entrada de la ciudad recoge un tanto paradójicamente: "querido pueblo de Martina Franca, recibe a tu nueva generación con un constante y valiente amor a la vida y  confía en la palabra de Dios para que sepa resistir a la tentación de la seducción del consumismo y al secularismo". Casi na.

Volvemos a Conversano. Dicen que uno deja de sentirse turista cuando forma parte de la población de un lugar sin que ésta repare en su presencia. Tengo la suerte de que un tipo llamado Pasquale Sorfrizzi me corte el pelo en la barbería del pueblo. Aquí la gente habla dialecto, algo que te hace pensar que has cambiado de país con solo cruzar una puerta. No entiendo nada, así que me deleito con los movimientos magistrales del artista del corte. Si alguna vez he tenido presente la torpe función de las palabras para redibujar un momento vivido, creo que este es un caso claro. La precisión, los movimientos, el meñique flexionado en perfecto ángulo con respecto al antebrazo, la mirada ágil, el recorte de pelos orejeros (uno ya es mayor), el masaje posterior, la aplicación de la loción, etc. Que este hombre me cobre sólo 6 euros por esta obra maestra me parece un abuso. También afeita a navaja por la mitad.


Me las piro a cenar a una pizzería que ofrece una carta de casi 70 pizzas, además de un servicio impecable. Terra Rossa es un local incrustado en los bajos del castillo de la ciudad donde suena "Bésame mucho" en el hilo musical. Bicarbonato y a la camita. No puede haber nada mejor que abrir y cerrar el día con música.

miércoles, 4 de abril de 2012

Monopoli no es sólo un juego ni la vida tampoco

Las vacaciones te permiten ciertas licencias con el tiempo. Hoy me di el gusto de perderme solito por las carreteras que serpentean por la Puglia -Eva me dejó por cuestiones familiares-. Los cerezos en flor bien merecen el extravío. Destilan estas flores la fragancia de la felicidad. Ahora reparo en que el Adriático tiene la densidad del azul del cielo de acá, atenuada por el blanco de las flores que me salen al paso cuando me distraigo de la conducción.



Llego a Monopoli. Aparco en la Plaza Vittorio Emanuele. Paseo por un casco histórico decadente, donde hay mujeres que sacuden alfombras y tienden ropa al pie de sus casas pequeñas y oscuras. Monopoli tiene un punto de crudeza neorrealista. A decir verdad, es la primera vez que la veo en el viaje. También me llama la atención la profusión de tontos del pueblo que andan por la ciudad, todos ataviados y peinados con la caprichosa moda del momento. 


Decido tomarme una birra piccola en una plaza donde convergen tiendas de recuerdos, cafeterías antiguas y terrazas chill-out. El hilo musical es una babel de ritmos diversos expelidos por cada local. Desde mi atalaya observo las mesas que tengo justo enfrente y donde se han sentado tres parejas:
1ª) Alemanes cincuentones. Él es un tipo canoso y rubicundo que se toca el labio superior con un bigote semimexicano; ella cruza las piernas con estilo cinematográfico. Ella disfruta del viaje y del cruasán; él, de ninguna de las dos cosas.


2ª) Joven pareja italiana. Él, 38 mal llevados, camiseta blanca de mangas demasiado cortas ajustada a un torso de atún de almadraba, cadena dorada al cuello y esclava a juego; ella luce indumentaria y complementos para góticas maduritas (blusa de gasa negra, botas de "chúpame la punta", labios perfilados con lápiz color sangre seca y gafas tamaño pantalla que no dejan ver ni siquiera las cejas). No hablan entre ellos. Él saca un Mac book pro de una funda y se pone a curiosear. Ella devora los aperitivos con mal disimulada ansiedad. Incuestionable ahora que en las canteras del amor no hay descansos para comerse el bocadillo; éstos hace ya un rato que dejaron de picar.


3ª) Mujeres francesas casi sesentonas. Seguramente profesoras de secundaria. Una sorbe una mini-cocacola con una pajita como si fuera la última que beberá antes de que la pasen por la guillotina; la otra devora las aceitunas como una ardilla. Van disfrazadas de turistas. La ardilla le canta a su acompañante "Volare" con un acento deplorable y se ríe; la de la mini-cocacola no, pero se aman más que el atún y la gótica.


Después de deambular por el puerto y deleitarme con una breve cala que entra hasta la ciudad y en donde se bambolean barcas azules que se hastían de no salir a la mar, me vuelvo a Conversano. Me espera Eva. Nos tomamos un helado en la cafetería de Irina. Caminamos la ciudad hasta el Palazzo d´Erchia, cuya propietaria, Apolonia, nos enseña con orgullo el palacio familiar convertido hace 10 años en posada de para viajeros cansados. Se nos suma Michele, que me aclara que el Barrabás titular que ayer no pudo comparecer en el Via Crucis realmente estaba entalegado por denunciar por la mañana a golpe de megáfono un vertido de amianto cerca del pueblo. Estos amorosos jóvenes me regalan una cena de crudaiola (pasta fresca con tomate crudo, rúcula y ricotta marzotica), mejillones y gambones al horno. Luego conversamos hasta la mezzanotte sobre el triste declinar del mundo. Sigue L´Italia dándome gusto diario. Benditos todos los benditos.

martes, 3 de abril de 2012

Alí Babás y un pueblo de Turturros

Irina es una georgiana que trabaja en el Café L´Incontro de Conversano. Su jefe, Franco, un camarero de toda la vida con cara de actor del Hollywood pionero, se ha bajado el sueldo para no prescindir de nadie en el negocio. En el local no hay ninguna mujer salvo Irina. La gente de acá dice que el expresso de este sitio es sólo para hombres. Irina probablemente no lo sepa; sólo trabaja con la elegancia natural que atrae mi atención y que hace que me fije en ella. Me prepara un té: coloca la bolsa en una tetera de porcelana blanca, corta un limón y toma unas pinzas para colocar cuatro trozos en un plato. El amor, ese calamar relleno de foie gras que intentamos tirar envuelto en una servilleta por el váter y éste nos lo devuelve más correoso, nos caza en cualquier rincón de la  realidad. Irina podría ser amada por cualquier ser delicado con sólo mostrar su disposición a lograr que el universo fluya sin adornos estériles. Me cuenta Eva que Franco adiestra a todos sus trabajadores en el arte de poner cafés y dispensar helados. He decidido que todas las mañanas vendré a celebrar el nuevo día con estos seres maravillosos.

Hoy vamos a Ostuni, una ciudad blanca amontonada en torno a una catedral  románico-gótica. En la plaza del ayuntamiento hay una cafetería regentada por unas jóvenes que seguramente sean familia de algún bandolero local o tal vez familia directa del dueño de la pizzería del otro lado de la plaza o, incluso, prima del enano propietario de una cafetería con sillones de escay a la que hemos llegado después del primer y segundo sablazo. Ostuni no es la mejor ciudad de la Puglia, pero sí es la mejor sucursal de los hijos de Alí Babá. Ya estaban tardando en darnos un poquito de brocha.

En el viaje de vuelta me dejo llevar por la belleza de los olivos de nuevo. Troncos hermosamente ancianos que juegan a esculpirse bajo formas caprichosas. 

Esta noche Conversano ofrece un Via Crucis con el pueblo de figurante. La única baja del espectáculo, afortunadamente, ha sido Barrabás, que tiene menos diálogo que el perro de The artist. Un barbudo de última hora se ha sumado al show y nada peligra. Nos vamos a un bar junto a la estación. En la cena me entero de que el padre de John Turturro es de la zona, de Giovinazzo. Se fue de carpintero a N.Y. y allí nació el hijo actor. También Stallone es natural de por aquí. Comprendo ahora que un pueblo entero se tire a la calle a interpretar con la historia cinematográfica reciente respaldándoles. 

Me voy a la cama feliz porque mis anfitriones resisten mi presencia y además me hacen disfrutar epifánicamente de todo. Mañana el único plan es ver a Irina cortar el limón. Good night.