domingo, 8 de octubre de 2017

Azafatas


En los años noventa (justo antes de la llegada de la ortodoncia universal), cuando te aventurabas a realizar un viaje transoceánico a las Américas, descubrías una tipología humana al borde de la extinción: las antiguas azafatas de Iberia. Todas ellas pasaban de la cincuentena larga, muy larga. Eran señoras de porte señorial, con una flema impostada, que no aguantaban ni el descaro ni la zafiedad de la nueva masa democrática que había accedido, al fin, a volar en aviones que en sus tiempos mozos sólo cataban los visitadores médicos meritorios, la alta burguesía y las campeonas de ventas de Tupperware. Te miraban con una distancia polar, como si hubieran abierto la tapa agujereada de una capa de zapatos llena de nauseabundos gusanos. Bregaban con el pasaje dominicano que iba a visitar a los suyos desde la ventajosa situación del que vuelve del primer mundo pero salió del tercero. Ahí se las veía sufrir porque el proxeneta de la fila 45 (negro ensortijado con tupé a lo James Brown, zapatos de punta y hebilla de cinturón plateada con la palabra SEX) las llamaba “mi amol” y no entendía los códigos que ellas se afanaban por dejar claros.
Nunca supe por qué eran las que atendían estos vuelos de ocho horas. Supongo que sería una forma de seguir manteniendo un sueldo como los de su época, viéndoles, ya casi, las orejas al lobo del low-cost y a las pre-jubilaciones menos dadivosas.
Este tipo humano no se ha extinguido. Llevo semanas constatándolo. Mi cambio de corral de trabajo me ha puesto en la senda de estos encuentros del pasado. Los operarios de corral somos soldados rasos de infantería. Es una absoluta memez darse aires cuando la cría de pollos nos iguala en los quehaceres. Ni siquiera los sexenios darían para crear una supuesta brecha de clase entre ellas y los nuevos obreros, pero ahí están, todas las mañanas, con el aire de azafatas de Iberia del antaño dorado, torciendo el gesto en los pasillos para saludar a un infinito poco comprometedor. Yo las celebro para que no se extingan, para que sigan dando color aristocrático a algo que ya no lo tiene. Aún no saben que las acompañaré feliz a sus fiestas de jubilación.

lunes, 11 de septiembre de 2017

El procés de maduració de les taronges


La City vuelve a bombear vida tras el verano. Bajé a la ciudad a que la doctora P. me reconstruyera la pieza número 37. Antes de las vacaciones, me colocó un empaste medicamentoso. Hoy me ha explicado (últimamente adopta un claro aire de didactismo médico en sus intervenciones) que tal emplasto lo inventaron los americanos para que los soldados metidos en la selva vietnamita pudieran atender sus caries sin necesidad de tener un equipo odontológico completo a mano. Pensé en Rambo.

Seguramente el lugar donde mayor expresividad ocular desarrollemos sea en el dentista: la doctora habla, monologa ante el silencio de su joven aprendiz, que aspira con tino los deshechos que flotan por la saliva refleja que produce el paciente; habla, habla... Al paciente sólo le queda asentir con la cabeza, dejar caer las pestañas o remover los ojos en señal de no se sabe qué. Que si Vietnam, que si blablacar para ir ayer a la playa con una amiga doctora a la que tampoco le apetecía conducir, que si las llevó de ida un maestro la mar de simpático y de vuelta las trajo un ingeniero informático... Todo es agradablemente neutro en estos soliloquios de jeringa y lima en ristre. La mujer cree por encima de todo que lo que mueve el procés en Cataluña son las ganas de dinero. No pierde puntada para caracterizarlos: “cuando voy a Barcelona de congreso médico, los primeros que están en la sala de conferencia son los catalanes; los primeros que se van y no salen con los compañeros son los catalanes. Siempre están ahí. Son unos agonías”. El ataque contra los catalanes (en su totalidad; aquí no hay ni buenos ni regulares ni malos) lleva a ciertas personas a ir contra alguna de sus virtudes: la seriedad y el trabajo. Me dice también que su hijo tuvo una novia catalana y que sus padres eran (lo dice con extrañeza) gente muy correcta y educada. Todo esto me sorprende, la verdad. Convivo con nacionalistas gran parte del año (gallegos, esos tan simpáticos que parecen que ni siquiera tienen señas identitarias de nación) y también son gente correcta, educada, seria y trabajadora. A la sazón son los abuelos de nuestro hijo Santiago. 

Antes de salir de la consulta, me guiña un ojo y me dice que la de ahora, la novia de su vástago, es tailandesa. Parece que así la cosa es menos problemática. Tal vez no sepa que existe un turismo dental al Reino de Siam que está vaciando las consultas de occidente.


Me marcho. Voy al frutero Marcelo, rumano afincado en La Algaba y gran descriptor del producto que vende. Como sabe de mi debilidad por las naranjas, siempre que paso por allí, me hace un rápida relación de procedencia, sabor y durabilidad de las que me llevo. Hoy eran de Portugal. “Muy ricas. Ya hay un tío en Guillena que las está cogiendo verdes para madurarlas en cámaras y venderlas antes y más caras. La gente flipa”. Me lo dice con su acento chispeante de rumano de La Algaba. No voy a decir nada al respecto porque es zafiamente simple, pero comparen el párrafo de arriba sobre los catalanes (y otras formas de vida) y este otro del prohombre naranjero. Nada más, jóvenes. Good night.

martes, 5 de septiembre de 2017

Hombres de nuestro tiempo



Me pregunto si todos las poblaciones con castillos medievales se ven impelidas por alguna extraña razón a celebrar fiestas históricas por toda la geografía del país. Las épocas remotas parecen que se han convertido en una forma de hacer caja para pueblos con monumentos de este tipo. Por lo que observo, alrededor de todo este entramado de festividades, están apareciendo igualmente actividades vinculadas a la espectacularización de la historia. El otro día fuimos a Alanís de la Sierra, pueblo con castillo, claro, que desde hace años festeja su pasado medieval. Paseando por las callejas donde se vendían juguetes de madera, jarras de cristal talladas (escudos de equipos de fútbol, nombres de enamorados, perfiles de gente famosa...), productos cosméticos y otros cachivaches bastante apartados en el tiempo de la vida del medievo, acabé reparando en un improvisado corralillo compartimentado donde se hacinaban gallinas y patos, donde una cabra africana hacía compañía a una cobaya gigante enjaulada y donde una mofeta levantaba el rabo inofensivamente. Supuse que todo ello formaba parte de la tramoya de las fiestas. A cargo del tenderete había un tipo de unos veintipocos años con gafas demodé. Iba ataviado a la usanza medieval, luciendo en el pecho una cruz de Calatrava. El colega se dejaba los dedos y los ojos en el móvil mientras que, de vez en cuando, levantaba la vista y le decía a los curiosos que se apoyaban sobre los corrales: “No apoyyarrrrrsssse en la maderita, hasé er favó”. Como mi hijo se entretenía con la cabra, pegué la hebra con el muchacho. Para mi tranquilidad, me aclaró que la mofeta estaba operada. Me dijo también que formaba parte de la Orden de Caballeros de Calatrava de Alcaudete (Jaen), que él estaba allí para hacer un favor, pero que a lo que realmente se dedicaba era a escenificar combates medievales con sus colegas. Todos ellos se habían entregado al estudio concienzudo de las obras y milagros de los componentes de la Orden y habían logrado gran verismo, tanto en la vestimenta como en la usanza. El colega se animó y me enseñó un vídeo en el teléfono donde se veía a cuatro tíos pegándose espadazos ante un nutrido corro de personas en bermudas y chanclas. “Nos damos hostias de verdad, sin ensayá ni ná. Eso es lo que más le flipa a la gente. Yo un día tuve un esguinsse en la muñeca de una buena hostia. Sólo nos decimos, a lo mejor, que nos vamos a partir un vaso o una botella sobre la armadura y ya está”. No tenía tarjeta, pero sí facebook (Calatravos de Alcaudete). Allí podría ver yo todo lo que hacían. Me marché pensativo.

Al día siguiente fuimos a una playa fluvial en San Nicolás del Puerto. En la orilla, un pollo de la misma edad que el anterior, pero de mejor porte, charlaba en inglés con una joven. El acento era bueno, pero el contenido de la charla era un poco de comadre: hablaba sobre su abuela, su madre y sus primos. La conversación de comadre hacía las delicias de la chica. El hombre resultó ser de Sevilla; ella, australiana. A unas lugareñas que se habían admirado en voz alta de su facilidad de lenguas les aclaró que sus niños iban a tener mucha suerte con los coles bilingües, que él se lo había tenido que “buscar p´atrás”, sólo, y que gracias a eso, tal como le supusieron las señoras, había conseguido una novia extranjera.
Por la noche volví a pensar en el Caballero calatravo y en el hermoso angloparlante. Me llamaba la atención cómo el esfuerzo, enfocado hacia un fin u otro, podía dar frutos tan variados. Ambos eran felices con sus logros, ambos habían puesto todo su afán en conseguir sus metas de juventud, pero el calatravo me pareció una víctima del rol y el otro, el hombre que todos estamos esperando que llegue. De todas formas, le compré una espada a nuestro hijo, porque nunca se sabe cómo se puede salvar el mundo. Algunos piensan que el inglés es la puerta. Al menos, con la espada, aún tenemos a mano todos los sueños.


martes, 18 de julio de 2017

El gratis total


El enemigo del decoro y el saber estar es lo gratis. Recuerdo que en mi niñez vi a un hombre pelarse vivo contra unas piedras ostioneras mientras pugnaba por hacerse con una pelota de plástico lanzada desde un avión en una playa del Puerto de Santa María. Decenas de curiosos con cara de circunstancia se arremolinaron en torno del herido. El hombre no paraba de gritar “¡la pelota, cojones, la pelota, que es mía!”. En la presentación de un libro de poemas de un notario donde se había dado cita la crema de la burguesía de la ciudad observé, no sin cierto asombro, cómo señoras de porte aristocrático se tiraban a las bandejas de jamón como el que se agarra a un precipicio desde el que caerá irremediablemente. Piensen en todos los objetos entregados en la calle con carácter publicitario y rían conmigo: abanicos, yoyós, botellas de agua, pegatinas, gorras, camisetas, pósters, lápices (la manita introducida en la caja de lápices de Ikea cogiendo un manojo de ellos), leche, agendas, peines, sardinas, pruebas de perfume, vasos de gazpacho, condones, toallas, platos de paella, gafas de sol, parasoles de cartón, DVDs promocionales, posavasos, etc. El nerviosismo que asiste a los individuos que hacen cola en estas ceremonias del gratis total resulta desasogante por lo que tiene de primitivo.

Hace unos meses, la empresa Amazon instaló veinte metros de estanterías en una famosa plaza de la ciudad. En ellas se exhibían libros que estarían a disposición de los lectores que quisieran hacer el trueque por algún ejemplar de su propiedad. Mi colega José María, profesor de inglés y hombre preocupado por asistir a sus alumnos rurales de las heridas del amontonamiento cerril y la incultura, promovió una excursión a tan magno evento para ver la monumental plaza y, de paso, observar de cerca qué era eso del cambio de libros. Las colas daban la vuelta al lugar. Saliendo de la turbamulta de ávidos lectores trocadores de libros se topó con una compañera de Química: “¡Mira, mira, dos libros me he pillado cambiándolos por otros antiguos de mis niños que no valían pa na”. Esa ufanía animal de una señora supuestamente instruida lo dejó perplejo, sobre todo porque lo que se llevaba eran dos volúmenes de grueso veraniego autoeditados por Amazon y de autores desconocidos. Sus alumnos se desilusionaron al ver que sería imposible llegar al meollo. Como noticia consolatoria les apuntó que aquel individuo melenudo que paseaba un carrito de bebé junto a una mujer era el afamado guionista de películas como Grupo 7 o La isla mínima. No las habían visto; ni siquiera les sonaban, pero el hecho de que aquel tipo hubiera sido tocado por la caprichosa varita de la fama los obligaba a hacerse una foto con él gratis total. Su profesor los disuadió.


Lo gratis esconde la esencia del engaño, de lo fácil y de la animalización por lo que de irreflexivo tiene. El turismo masivo, la adoración de la fama a cualquier precio y sin conocimiento de causa, el acogimiento de lo gratis como forma natural de vida, reducen el pensamiento y nos precipita al torbellino de las fotos con desconocidos famosos. Huyan de todo esto y escóndanse en la selva. Allí todo y nada es gratis, como en el cielo de los justos. Good night, my friends.

martes, 11 de julio de 2017

Medicina para cantantes


Es de suponer que Jim Morrison se pegó unas cuantas buenas hostias a lo largo de su carrera cabalgando en la tormenta. El que esto escribe, emulando al niño de New Haven, se dio el otro día un excelente castañazo mientras interpretaba “L.A. Woman” en Cortelazor. Cuando bajé del escenario a montar en el punteo nuestra clásica “sardana doorica” con el público, metí el pie en una alcantarilla depresiva y me jodí el tobillo. La excitación del momento, los litros de cerveza y la amenaza de un lugareño (“como dejéis de tocá, os riego con una manguera a los cinco y os queáis ahí pegaos, hijosdeputa”) hizo que el percance fuera inapreciable. A la mañana siguiente, la cosa ya pasó a morado claro con evidente tendencia al oscuro.

Tras la insistencia de mi amantísima –a pesar de mi descreimiento en el oficio médico que actualmente se dispensa en clínicas privadas o/y públicas–, pedí cita en un templo sanitario cercano de la cadena de medicina rápida Quirón. Tratándose del nombre de un centauro sabio al que Rubén Darío puso en sus labios versos tan de buen augurio (“Calladas las bocinas a los tritones gratas,/ calladas las sirenas de labios escarlatas,/ los carrillos de Eolo desinflados, digamos/ junto al laurel ilustre de florecidos ramos/ la gloria inmarcesible de las Musas hermosas/ y el triunfo del terrible misterio de las cosas”), allá me encaminé con el alma llena de canciones.

La profilaxis ambiental es el signo de nuestro tiempo. En una sala de espera bien acondicionada y con aire fresco me senté a aguardar la llamada beatífica del doctor. Observé que una hilera de hormigas desfilaba bajo los asientos que tenía enfrente. Se topaban con zapatos castellanos de antifaz sin calcetines, zapatillas de esparto y otros calzados en la línea “concierto de julitoiglesias”. Una médica con impostado acento de ninguna parte se daba aires de no sé qué cosa hablando con unos pacientes que se iban. Una máquina de café languidecía bajo una pantalla que emitía imágenes autobombo de la cadena. Pacientes de rostro pseudoborbónico conversaban flemáticamente. Noté que las distancias entre asientos eran, de la misma manera, profilácticas: el miedo de la clase media con ínfulas al contacto físico se ve contrarrestado por este nimio detalle de calidad. Las hormigas continuaban procesionando. Entra un matrimonio joven. Él, mata de pelo encrespado que no para de sobarse con una mano abierta en la que luce el pelucón planteado de marras y unas cuantas pulseras de hilo que bailan al ritmo del reloj; ella, vestido lánguido y estudiadamente casual. Una tal Guillermina entra en la consulta 4. La pantalla muestra ahora una noticia flaubertiana que me recuerda al pobre Charles Bovary y su operaciones bienintencionadas como médico de provincias: “la clínica ha practicado con éxito una operación a un deportista de élite en una de sus piernas”. Sale Guillermina. Tras ella, el médico que la ha atendido, que se pone a hablar con el chico que atiende las llamadas y a los que llegan. Habla de dinero entre dientes pero con cierto tono procaz. Una de las señoras que aguarda su turno pega la oreja y se incomoda. Los médicos son sesentones y las médicas treintañeras.

Todo el mundo se ha ido. La cita lleva un retraso de una hora y cinco minutos. El joven recepcionista resopla. Soy el último individuo que departirá durante los cinco (?), diez (?), quince (?) últimos minutos con el doctor. Sale una señora. Me llaman. Un médico sesentón que me advierte que él no tiene ninguna prisa me pregunta que qué me pasa. Le explico. Me ausculta desde mi silla. Me toca. “¿Le duele?”. Le digo que se puede soportar. “Mire, si yo tuviera aquí material o estuviera el ATS, se lo escayolaría, pero no puedo. Váyase a urgencias del NISA y que le hagan una radiografía. Eso, con escayola, son quince días; sin ella, mes y medio”. El tipo se queda tan pancho. Han pasado exactamente cuatro minutos. Me voy rumiando ya esta fritanga claro. 


Creo que ya he dejado entrever alguna vez mi opinión sobre la medicina que se practica en muchos centros del país. Desde hace años, no me he topado con un facultativo (de la seguridad pública o de la privada) que haya puesto algo de empeño o cariño en lo que estaba haciendo. Lo único que diferencia un medio de otro es lo novedoso de los edificios y la limpieza. La velocidad se muestra como un enemigo tanto por lo mucho (se ventila al personal rápidamente en ambas) o por lo poco (las listas de espera se eternizan en lo público). Por cierto, con la pomada homeopática Traumeel y árnica montana 9CH (ambos remedios nunca los recetaría un médico al uso) la cosa va mejorando. Ya os voy contando. Besos y mucho The Doors.

sábado, 1 de julio de 2017

Maoríes en La Caleta



Estuve en Cádiz. Concretamente en la  playa de La Caleta, un milagro pop donde se hacinan humanos locales y algún que otro extranjero encantado de participar de ordalías veraniegas. Como mi mujer es de un optimismo radical, allí que nos fuimos desde la City a intentar dejar el coche justo al lado de donde hincaríamos la sombrilla. Así fue. Cuando ya me disponía a pagar el óbolo del turista eventual con coche en el aparcamiento del hombre del saco, apareció un tipo sin cuello y un macuto en bandolera del año de la canuta preguntándonos que si íbamos a aparcar. “Saco un coche un poco más adelante”. Lo seguimos durante tanto rato, que al final lo invitamos a subir a nuestro auto. Un ángel caído del cielo, el señor.

Los gaditanos son gente hecha de otra pasta. Acogen con tanto entusiasmo las modas globales que éstas parecen salidas de las entrañas de su misma ciudad. Vimos una boda donde unos cuantos tipos lucían pajaritas y peinados ochenteros sin ningún tipo de complejo ni detalle que hiciera dudar sobre la paternidad del estilo. Pero lo que realmente me dejó pensativo y alucinado fue el mundo del tatuaje caletero. Puedo afirmar que en mi vida había visto una exhibición de tatuajes con esa profusión. También diré que han recogido el testigo de esta moda con poca gracia, al mogollón cerril, aunque esto, hoy día, es casi universal en el primer mundo. 

La factura de estos dibujos no me plantearon ninguna desazón; más bien me desasosegaban los temas: un cuarentón de ortodoncia tardía exhibía formas tribales que ribeteaban el nombre Trini o Saray (¿madre y mujer?, ¿mujer e hija?, ¿ex y actual pareja?); un hombre lucía en sus pectorales las caras de los dos hijos pequeños que él mismo paseaba por la playa de la mano; leyendas y frases hechas con caligrafía de cuadernillo rubio; alas en los tobillos a modo del divino Mercurio (sólo por la parte de fuera, lo cual es dato indicador de que el asunto está vaciado de significación y es mera decoración de cara a la galería; uno se pone las alas en condiciones); iniciales indescifrables; caras de abuelas o madres difuntas a la espalda; jardines orientales; escenas de artes marciales; mujeres japonesas de abanicos "locomíanicos"; nombres masculinos a modo de camiseta de fútbol a la espaldas de muchachos atléticos ("Carlos" en letra semigótica)... Todo este popurrí de tintas me dejó exhausto, descreído del buen gusto y de la salvación del planeta.

Hay gente que me pregunta qué tengo en contra del tatuaje. Me he llevado un buen rato buscando un artículo que leí hace años de Sanchez Ferlosio al respecto para usarlo como respuesta, pero no he dado con él. El tatuaje es una moda falaz: se ha propagado con la falsa ilusión de individualizar al ser humano y presentarlo mudamente en sociedad. El tatuaje habla por mí, aunque yo no sé qué es mi tatuaje ni de dónde procede en muchos casos. De todo el personal que he visto y he oído esta tarde pienso que pocos serían capaces de situar en un eje crono-topológico el origen del tatuaje, ni tampoco aclarar a qué cultura se debe el tipo de dibujo que decora su espalda. Se trata de un alarde de exhibición casi animal por su mudez: digo quién soy con un dibujo de plantilla o de calco. Basta con eso. De todas formas, puestos a entender, entiendo más al de la abuela o los dos hijos que al del trisquel celta; al menos aquellos tienen un vínculo personal con lo que muestran. Puedo llegar a comprenderlo como una manifestación de vidas excesivas (no sentimentaloides) como el que se tatúa cual emblema su perra vida en la trena. Éste resulta más comprensible que el tatuaje como una forma de bizantinismo huero y autocelebratorio. En muchas ocasiones, el tatoo ha estado ligado a culturas ágrafas (a excepción de la japonesa o la egipcia), se ha vinculado con ritos de paso, transformaciones o creencias mágicas. ¿Con qué se vincula hoy día? ¿La gente aparece en los tanatorios con camisetas de sisas y pantalones cortos para mostrar sus respetos al muerto y así de paso también su moko maorí? Puestos a seguir con los perdonables, incluso los de Saray y Trini también son comprensibles en una sociedad como la nuestra, dada a exhibiciones sentimentales sin apuro alguno.

La esencia misma de esta moda quiere romper con lo consustancial de todas las modas; es decir, con su cualidad de moda pasajera y efímera. El mundo contemporáneo es tan volátil en sus gestos que es probable que dentro de unos años la moda y, por ende, el negocio, sea borrar tatuajes. Hasta entonces, aguanten. Si ya lo tienen, disfruten de él. Ahora, tatuados, disparen.

sábado, 17 de junio de 2017

Una vez fui Virgilio en el Paraíso


La adolescencia tiene la rotundidad de una tormenta de verano; no tiene ambages, se muestra a corazón abierto; es pura convulsión de sentimientos y pasiones. Bien construida, anuncia vidas de gran calado, comprometidas con lo que les toque. Ayer tuve ocasión de sentirla de nuevo, como mero observador, pero también con una sensación de fuerza interior que me mostró que el acné que tuvimos nunca se apaga del todo, porque ver a adolescentes en acción regala la posibilidad de revivir tiempos pasados y volver con ellos a aquella época de incertidumbres e ilusión.

Fue en la graduación de los alumnos de 2º de Bachillerato de nuestro centro donde pude cerciorarme de ello. Tales celebraciones se nos presentan tumultuosas y sentimentales, de discursos de gratitud mezclada con algún pescozón irónico a los profes. Sorprende verlos en este papel de adultos trajeados y de vestidos largos dirigiéndose a un público con el corazón anudado a las gargantas. Se parecen, sí, pero estas ceremonias nunca son las mismas. Cada una tiene un sonido diferenciado.

El maniqueo mundo de las ciencias y las letras se repartió en dos discursos. Los representantes de los alumnos de ciencias dieron su visión del ciclo con guiños matemáticos a sus profesores. Cuando Raquel y Ariadna, alumnas que le ponían voz al bachillerato de Humanidades y Ciencias Sociales, se colocaron ante el atril para leer sus palabras, el tiempo se detuvo por un momento: agradecían entre lágrimas la labor de dos de sus profesores, Cristina y Manolo. Cristina los guió durante un par de años por las gramáticas y literaturas clásicas con sensibilidad y entrega, con una discreción cercana y a la vez elegante; Manolo les intentó iluminar el arduo camino que lleva a vislumbrar la belleza de la Literatura Universal. Tras diecisiete años en la profesión, el año pasado me encontré con el maravilloso regalo de poder impartir esta asignatura, pero también con el de toparme con un grupo de seres sensibles que libaron con franca devoción los néctares de flores inmortales como el Gilgamesh, la Odisea, Petrarca, y Keats, entre otras muchas. No todos los días se recogen los frutos invisibles de la gratitud. Cuando se refieren a uno en términos como “el Virgilio que nos guió por la selva luminosa de la Literatura Universal”, ese uno no tiene más que sonrojarse, emocionarse y sentir que las mañanas entre los alumnos merecen la pena ser vividas con entrega verdadera y entusiasmada.


Antes de bajarse del escenario, una de ellas leyó el poema “Ítaca” de Kavafis. Le robo al griego unos versos para desearles a todos y a cada uno de ellos “que muchas sean las mañanas de verano en que llegues -¡con qué placer y alegría!- a puertos nunca vistos antes”. Muchas gracias por tanta felicidad, mis queridas amigas. Será muy difícil olvidaros.

domingo, 11 de junio de 2017

Jessys y bienes culturales


“Jessy Sanjuanera” y “Arriba la lucha obrera” son dos grafitis que conviven en un mismo muro cercano a mi casa. En el primero, la firma de esta orgullosa vecina de San Juan de Aznalfarache va incluida en la pintada; en el segundo, entre paréntesis y abajo, figura el grupo reivindicativo que lo plantó en el ladrillo: el PCE. Se enfrentan aquí dos formas tangencialmente opuestas de entender el mundo: por un lado, el individualismo autocomplaciente y sin conciencia de Jéssica (conciencia de pertenencia a la villa, al menos); por otro, el sentido reivindicativamente gregario de unos nostálgicos comunistas locales. Resulta paradójico que “Jessy Sanjuanera”, dentro de no sabemos cuántos años, ascenderá al purgatorio del trabajo en negro o, en el mejor de los casos, de un trabajo con más horas que un viaje Bucarest-Madrid en autocar. Su firma estampada en el muro será lo más cerca que esté de una organización cuyos planteamientos preliminares son, precisamente, la defensa de las Jessys del mundo, aunque de esto último no estoy muy seguro.

De todas formas, no exculpo a ninguno de los autores de estas frases. En ambos casos pienso que se podrían haber aliviado de otra forma sus ganas de dejar constancia de su paso por la Tierra. Eso sí, el daño es menor que el de los energúmenos que han pintado y rayado restos de pinturas rupestres paleolíticas y neolíticas en las cuevas del Cantal, en el Rincón de la Victoria (Málaga). Botellas de cerveza y latas de pintura convivían en este lugar con una datación de 32.000 años. La lucha por la formación cultural de las personas siempre ha sido encomiable. Desde hace años, mis clases comienzan a principio de curso con una breve exposición sobre los conceptos de “bien común” y “bien personal”, en un intento inocente de que las mesas, paredes y corchos no acaben luciendo las consabidas pollas al final de curso. Visto lo visto, el año académico venidero se abrirá con la inclusión del término “bien de interés cultural”, por si se puede salvar algo.


Los cavernícolas nativos tuvieron, sin ninguna duda, un vínculo sagrado con aquellos lugares y con sus pinturas. El otro día me decía mi amiga Reyes que hay unos tipos investigando cómo la ausencia de una relación con lo trascendente aniquila los valores éticos en las personas. Las Jessys no entienden de trascendencias porque sus vidas son intrascendentes. El ejército de Jessys que bulle por las calles de las ciudades (entiéndase que en sus filas también militan los Jessys) es más peligroso de lo que aparenta. El personal se lleva las manos a la cabeza porque el ISIS destruye las Ruinas de Palmira por mor de la religión. Las/los Jessys destruyen sin religión ni ideales; lo hacen por sus mismos coños y pollas, esas que pintan en el bien común mientras piensan sin pensar en cómo acabar con los bienes culturales. Hay que trabajar duro, amigos. Mañana empezamos. Feliz semana.

viernes, 9 de junio de 2017

Piticli


No me queda más remedio que sospechar que algo está pasando en el ornitologic world del lugar donde vivo. El pájaro de este cartel viene a engrosar la nómina de aves desaparecidas en un radio de 200 metros en los últimos meses. Hace una semana publiqué un comentario acerca de otro anuncio sobre el extraviado Love –gran hallazgo el nombre–, hermosa ninfa que, según el dueño, silbaba “La cucaracha” y se había criado a mano. Esta vez le toca a “Piticli”, tal vez menos selectivo que Love (vuela con cualquiera y pica cualquier cosa), pero igualmente importante para los compañeros de hogar (“Piticli tu familia te echa de menos”).


Observando detenidamente las existencias fallidas de estos dos seres, ambos coinciden en que estaban en manos de unos tipos horteras y pusilánimes. En el fondo estos pájaros exóticos, a pesar de sus nombres (ninfa e “inseparable”), se piran al menor atisbo de sensiblería y llanto. Los imagino tomando las de Villadiego para robar alpiste a cándidos canarios y echándole huevos a la pajarada no doméstica del barrio. Si los ven, ni se paren. Puede que el dueño esté cerca, y ahí no hay escapatoria posible. Guten Nacht, amigos.

jueves, 25 de mayo de 2017

Se llama Love y canta "La cucaracha"



Cuentan las hagiografías que San Francisco de Asís era capaz de hablar con los pájaros. Prueba de ello fue la molestia que se tomó el hombre en dejar escrito su sermón a los mismos. Probablemente, como un vestigio del pasado, existe aún el deseo de seguir teniendo contacto con un reino, el animal, con el que compartimos los instintos y las pasiones. Todo ello lleva al personal, aunque sea de manera inconsciente, a acompañarse de mascotas más o menos domesticables con las que algunos hablan e incluso cantan. Mi madre, sin ir más lejos, amenizó nuestras infantiles vidas haciendo un dúo con un canario de portentosa garganta. Lástima que el pájaro fuera dirigido sólo hacia el universo Marifé de Triana.

En el mundo de ahora cada cual busca su alter ego en la animalia del momento. Las granjas de reproducción canina programada se han puesto las pilas para satisfacer las necesidades de las sociedad: los perros han sido sometidos a un proceso de jibarización por mor del tamaño de los hogares y la vida nómada. El terrier, el bichón maltés, el buldog francés, etc. se han colado en hogares de 65 m2 o viajan dentro de jaulas plegables en la cabina de los aviones. La bichería doméstica es numerosa y variada. Todo el mundo conoce a alguien que ha tenido un vecino con una serpiente, una tarántula, una mantis, un lagarto o un erizo. El universo de la excentricidad siempre se muestra en cosas pedestres, nunca en lo sublime. Claro que no todos los animales sirven para el dueto canoro.

Esta tarde, paseando con mi familia por un parque del extrarradio, nos hemos topado con el cartel que acompaña al texto. Resulta evidente que el amor hacia un animal es algo comprensible y alabable; que su pérdida causa un dolor que sólo el tiempo atenuará; que, si el vínculo es recíproco y duradero, la ausencia en el hogar no puede ser compensada por otro ejemplar de la misma especie. El caso de Love es paradigmático: una chica, según reza el cartel, es propietaria de una ninfa que está criada a mano (sic), que no agarra y que se apoya en la cabeza y el dedo. Hasta aquí, bien, pues todos los ejemplares tienen este comportamiento arquetípico. Pero, ¿qué ocurre cuando Love, tras tardes de denodado esfuerzo por parte de su criadora, ha llegado a silbar “La cucaracha”? ¿Qué hacer en ese caso? ¿El gusto musical de la especie también es arquetípico o cada pájaro tendrá debilidad por un estilo y un artista diferentes? Me pregunto si la excentricidad con la que carga el pájaro es lo que hace que su búsqueda sea incansable. También me pregunto si yo mismo, ante tal prodigio, llamaría al teléfono para devolverlo.


Observo con curiosidad la manera en que el mundo contemporáneo exhibe sin ningún tipo de sonrojo ni remordimiento los más recónditos lugares de su alma. La joven que figura en una de las fotos será la que, con toda seguridad, haya puesto al pájaro en la senda de los corridos mexicanos. No seré yo quien juzgue su gusto musical. Sólo sé que andaré con el oído bien aguzado para ver si me encuentro con esta maravilla. Ya veré luego si llamo o no. Good night, my friends.

martes, 23 de mayo de 2017

Memorias de adolescencia en el Mercadona


El verano olía a chancla quemada. La piscina municipal nos salvaba de la muerte segura. En las noches se buscaba el fresco imposible en terrazas de verano que treintañeros avezados en negocios de barra y garrafón abrían próximas a nuestras residencias obligadas de verano. Los de familias acomodadas (o más sensibles a las veleidades adolescentes de sus vástagos) aún podían buscar el aire sanador y nocturno montados en sus vespinos y cadys, casi siempre en un trayecto hacia ninguna parte. La gente iba apareciendo y desapareciendo en esos chiringuitos de interior con cuerpos tostados por el sol de Huelva, para envidia de los que teníamos la misma identidad perenne que los bidones de cerveza que nos servían de asiento. La adolescencia monocroma de los pueblos del extrarradio sin servicio de autobuses era el castigo de tántalo: las mismas caras una noche tras otra, la misma música, los mismos veinte pavos (que duraban hasta el viernes si se podían aguantar sin gastar). Lo mejor del tinto de verano era chupar los hielos hasta la hora de volver a casa.

Todo esto viene a cuento por una visión sublime y mercadonera esta tarde. La cajera de hoy es C., otra belleza recuperada. La noche mágica en la que apareció hacía tanto calor que aún cantaban las chicharras. Una chica rubia, de cola de caballo alta, entró en aquel templo del aburrimiento con paso tímido. Sentí que para ella era la primera noche, la noche en la que cruzaba al mundo de lo prosaico desde un fanal divino. Una cara nueva suponía comerle una esquina a la monotonía y soñar, aunque fuera sin vespino, que todo era posible.


Hoy me he encontrado a C. en el Mercadona del pueblo. El rojo constante e inextinguible de sus labios, la cola inmutable, aquella mirada que desde el silencio atravesaba los sueños de los chavales hartos de mortadela de verano, seguían ahí, como si hubiera salido de la misma noche aquella. Sólo he podido ver un inevitable descolgamiento de la papada (anecdótico, comparado con el buche y la calvicie del que escribe), atenuado por una elegancia natural en el desempeño de su trabajo. Aquella musa del agosto tórrido, que siempre se mantenía en silencio entre el grupo de amigas, emergía de las nieblas del pasado convertida en una presencia beatífica que me transportaba a los años hermosamente crueles de la adolescencia de aquel verano. Ahora sigue con su discreto encanto: saluda con apenas dos palabras y no pierde un rictus entre lo melancólico y lo virginal mientras pasa con indolencia la caja con los seis cartones de leche de la cinta transportadora a la rampa de recepción. Comienzo a pensar que Mercadona es un Parnaso moderno de tapadillo al que unos acuden para nutrir alacenas y arcones, y otros, los menos, a saldar cuentas con la memoria y la mortadela. Good night, my friends.

sábado, 20 de mayo de 2017

Cromo robado


Lola es una Rita Hayworth rural, agreste, agropecuaria. Pasa por el lector los códigos de barra con eficiencia y dedicación. Mercadona la contrató hace un año y desde entonces, en las pocas veces que he coincidido con esta musa, he podido hacerme una idea de su vida. La supongo hija de otra Rita que nos secuestraba el corazón en la adolescencia cuando íbamos a robar casetes de cromo a Continente. La imagino también perteneciente a una estirpe de cajeras que se remonta a años atrás, cuando llegó a España el negocio de los supermercados. Lola no está tatuada –cosa que me sorprende– y tampoco exhibe una dentadura alienada por obra y gracia de la ortodoncia universal de ahora. El incisivo lateral derecho sobresale un poco, detalle este que la rescata de centrifugadora de las modas igualatorias y la hace única. Su gracejo natural gusta a señores de vientre prominente que van a comprar sangría hecha en lote de seis y a las señoras que entran un momentito a por el salmón de la cena. De ella, por su propias palabras, sé que tiene dos perros y un gato, y que camina por las calles mirando hacia delante para no reparar en la orfandad de los animales callejeros, hermanados con sus mascotas por su procedencia.

Esta Rita III o IV me ha llevado a recordar esos robos adolescentes y vergonzantes vistos a la luz de ahora. Íbamos a Continente con los pantalones del chándal abombachados: los bajos metidos en los calcetines blancos de rayas rojas y azules. La técnica consistía en poner caras de primaveras (las teníamos de forma natural), coger un pack de tres cintas e introducirlo en los pantalones por la cintura. La caída hasta los tobillos era rápida. Luego pasábamos por caja con una bolsa de seis Doopies a veinte pavos el leñazo. Atravesábamos un descampado hacia nuestras casas engollipados por los donuts falsificados. Lejos del arco detector y de las ominosas pegatinas del chivatazo, el mundo era ruin, pero igualmente más feliz. El pop y el rock de los finales de los 80 lo grabábamos sobre el cromo robado y nos sonaba a gloria en los walkman traídos de Ceuta por el padre de un colega.


Hoy celebro la belleza consustancial de la última Rita y también a mis panas de entonces, chorizos impenitentes que me regalaron el sueño de ver a Gilda a mi lado y una música (como toda la música de la adolescencia) eterna. Salud.

jueves, 11 de mayo de 2017

Bombones a los cuarenta


Las nuevos envites amorosos a los cuarenta son, en su mayoría, ferozmente adolescentes. Me contaba un colega que su amigo X (45 años, cuerpo de marrajo sobrealimentado) había comenzado una relación con Y (43 años, encantadoramente mórbida). Se conocieron, tras el consabido naufragio matrimonial, en una cena amañada por unos cuantos filántropos. Todo comenzó como comienzan estas cosas: desconfianza, tiento, aproximación, sorpresa, flirteo, enamoramiento y entrega apasionada. X e Y se llamaban, se regalaban, se preparaban fines de semana de una ortodoxia casi pueril: El Rey León en Madrid, baños árabes en Córdoba, parapente en Málaga, su poquito de sushi... Todo bien hasta que X estuvo tres horas sin enviarle un whatsapp a Y, que esperaba un icono aunque fuera para alegrarse la tarde. Por la mañana el bienintencionado X le había regalado una caja de bombones belgas que quitaban el sentío. La neurosis también es un signo de los tiempos. “¡Ven ahora mismo a por la puta caja de bombones!”, le dijo Y a X en una llamada a las ocho de la tarde. El cariacontecido X se trasladó sin resuello al palacio de la princesa. Se encontró con que casi le tiraban a la cara la cajita y lo mandaban a la órbita irregular del carajo “por no mandarle un puto whatsapp en toda la tarde”. Descendió las escaleras y se tiró a la calle con la caja bajo el brazo. Cuando llegó a su apartamento de soltero, aún sin entender nada, se sentó. No quiso cenar. Abrió la caja de bombones: encontró cinco ausencias. Le dolieron más los cinco bombones que se había jincado la colega que el corazón. Perra vida.

domingo, 23 de abril de 2017

Mortadela tatuada

Esta mañana volví a escuchar el verbo inteligente de mi amigo Luisma como hacía años que no lo oía. Supongo que la paternidad ha aquilatado su bonhomía, pero, que duda cabe, sin rastro alguno de ingenuidad. Lo pude disfrutar en una mesa de celebración del día del libro donde habló de sus raíces grafómanas, sus maestros antiguos y sus revolcones de gladiador por la arena del negocio editorial en el país.



 Luego caminamos de vuelta al hogar con toda su familia. Me contaron que el tatuaje desmelenado, hortera, futbolero y pseudolegionario había sido una presencia continua en su veraneo almeriense el año pasado. Como decía Teresa, lo raro es no verlos ya. La naturalización del tatoo va aparejada a una chabacanización de la sociedad que lo consume. Me cuesta ver su belleza, aunque alguien se tatúe en la espalda La Tempestad de Giorgione. El soporte de la piel humana y su inane exhibición es lo que me resulta desagradable. Ya conté que la madre de una joven conocida hacía el agosto destatuando a ex-novios y a aspirantes a las fuerzas de seguridad del Estado. 

 Tras la jornada matinal, bajé con mi familia a un parque de la ciudad. En busca de un aparcamiento en la sombra, llegamos a la confluencia del mundo gorrillero, fruta del país sureño. Al bajar del coche, se me acercó un joven de unos veintipocos, gafas y carnes fláccidas. Lucía en el brazo una frase escrita en árabe. Le pregunté que si sabía lo que significaba: “La vida es un huevo”, le entendí en un primer momento. Luego volvió a repetirlo: “La vida es un juego”. Como me pareció adagio escasamente coránico, insistí en saber de dónde provenía. “Lo puse en español y me salía así traducido”. Inferí que el traductor de google había hecho de consejero. Luego añadió, mientras se subía la manga para mostrarnos unos naipes, una cara de una supuesta y futura mujer y la silueta de un ángel, que no estaba acabao todavía. Le entregué el óbolo confiando en que sería usado para rematar el conjunto arábigo-andalusí-católico-binguero. Nos adentramos en la espesura del parque no sin comentar la trascendencia del mundo que se nos viene. Supongo que el mundo de ahora no es ya país para viejos como yo. Si tuviera que tatuarme algún día, lo haría con un anagrama del universo que escribió Pessoa y que una vez me regalo mi amigo Luis: “Não sou nada. Nunca serei nada, não posso querer ser nada. À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo”. Boa noite.