jueves, 14 de octubre de 2021

Años que caminan, años que vuelan



Tarde de parque. Un hombre empuja mecánicamente a su hijo en el columpio. El chaval tiene tres años; su padre no llega a los cuarenta. El padre ha conseguido un ritmo maquinal que le permite no mirarlo. La espalda del niño llega hasta la palma de su mano y él la vuelve a empujar hacia delante. El padre no mira; no le hace falta. Observa con atención el móvil. Luego graba audios y oye los que le llegan. Ahora el crío quiere ir al arenero. Allí está mi hija y mi mujer, que le habla en gallego a la pequeña. El padre del móvil le pregunta si es brasileña porque por negocios había vivido en Brasil y sabía algo del idioma. “No, es gallego”. El hombre se muestra sorprendido porque no sabía que el gallego y el portugués fueran lenguas hermanas (por no decir la misma lengua). Lo miro. Me sorprende que la gente ande por el mundo adelante con estos escasos conocimientos lingüísticos y sea capaz de cruzar el charco por negocios. Pero esto es lo de menos. Lo que me llama la atención es que el padre vuelve al móvil y la tarde se le va en estos menesteres.


Esta mañana, conducía con mi hija sentada detrás de mi asiento. La llevaba a la guardería. Siempre canta o chapurrea las mismas palabras (“can”, perro en la lengua de su madre y un “ton”, una aproximación a “avión”, ambos vocablos motivados por lo que ve continuamente en la tierra y en el cielo). Hoy se quedó dormida. El espacio del coche se llenó de una atmósfera mágica: sentir su presencia en el silencio de la mañana me llevó a pensar en la aceleración de los años y en la dedicación que ponemos en la familia y en los amigos. Reparé en que el “se me pasan los años volando” tiene un sentido tremendo. Mis años volando desde los treinta a los cuarenta se fueron sin pena ni gloria. Recuerdo muy difusamente aquellos días y los amontono sin más ayuda para iluminarlos que algún que otro hito sucedido por aquel entonces (no siempre digno de memoria y mucho menos de mención). Supongo que los años que se van volando hay que bajarlos a tierra y decir que “van caminando”, para mí una expresión que recoge una necesidad: la de tener la certeza de que vivimos de verdad.

Después de dejarla en la guardería me fui a clase. Hablamos de los héroes de Homero. Para suspender la atención de mis alumnos he de llevar las explicaciones a sus vidas, hablar de ellos. Cuando les dije que Aquiles era un héroe imperfecto y parecido a un adolescente caprichoso, noté que habían picado. En comparación con Odiseo, Aquiles es un héroe de pacotilla que se deja llevar por ese berrinche estúpido cuando es desposeído de su esclava Briseida por parte de Agamenón. “Pues ya no juego a la guerra”. Odiseo es un gigante: no se deja llevar por sus pasiones; tiene sentido de pertenencia al grupo, pues trabaja para que sus marineros sobrevivan a todas las peripecias náuticas hasta que puede; y su inteligencia es de una agudeza indiscutible. Héroes polares ambos que se diferencian en el temple y en sus maneras de entender el mundo y pensarlo. Más tarde leímos la despedida de Héctor a su esposa Andrómaca y a su hijo Actianacte (que como veremos en Las troyanas de Eurípides tendrán, tanto la madre como el niño, un final trágico). Imposto la voz un poco. La hago tronar en el aula a veces; luego la imposto dulcemente. Andrómaca conoce el destino fatal de su marido y le ruega que se quede. Héctor, que morirá a manos de Aquiles, también conoce su final y lo acepta porque su condición de héroe no le permite la claudicación. Aquiles también lo conoce. Todos conocen su final, pero ese nivel de aceptación es parte de la clave de su heroísmo. Miro sus caras: están emocionados. Once jóvenes que se dan de bruces con la muerte ficticia. Previamente les había dicho que imaginaran a alguien que se despide de su familia y que luego comienza su lucha personal contra un cáncer. Lo entienden y eso es lo maravilloso de la literatura de verdad: que no se agota en su tiempo, sino que trasciende siglos y geografías para seguir hablándonos.

Vivimos con velocidad la vida (quizás ahora más que nunca), me pregunto si para olvidar que no somos héroes, o para no reparar en el único destino que nos espera. Por todo ello, a lo mejor resulta importante leer a los clásicos y no empujar a los hijos en el parque mientras estamos trabajando porque, de alguna manera, nuestras presencias vaporosas puede ser que no calen en ellos, y luego sea demasiado tarde para jugar a heroicidades.

Post scriptum: Gracias a todos los amigos que se acercan por aquí y gracias por leer estas cosas de hombre mayor. Espero que sean un motivo de reflexión siempre. Un fuerte abrazo.

2 comentarios:

  1. Siempre conmueven a los jóvenes las lecturas de La Ilíada y La Odisea. Bien hecho!

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  2. Aquiles no ha tenido nunca vergüenza.por muy temprano que se levantara, pero como caradura Paris, ese sí que sabía. Ponga un Héctor en su vida y dedíquese a la estética. Estod priámidas...

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