sábado, 23 de octubre de 2021

Volar



Nuestra hija se acula en la acera y mira a un pájaro que se mueve con una rapidez prodigiosa. Se levanta y se vuelve a sentar en cuclillas para seguirlo de cerca. Las patitas negras se mueven a una velocidad de vértigo. El pájaro teme la presencia de la niña y camina en zigzag antes de iniciar el vuelo. Su huida es poco vistosa pero efectiva. Se trata de un aguzanieves, un ave que anuncia la llegada del frío. Aquí se prodigan poco; lograr ver uno supone una alegría para los melancólicos de las estaciones de interior. 


 

El ese frío se está haciendo de rogar. El cielo rosado moteado por el algodón alado del otoño presagiaba un día luminoso. Bajamos a la ciudad para hallarle un sentido al sábado. Bajamos con el abuelo, que no la conocía tras el cambio en el mundo. Todo se muestra como una fiesta en la calle: reatas de bicicletas que siguen a un guía que habla a través de audífonos, patinetes eléctricos que cruzan las aceras con hombres cincuentones de pieles tersas del norte de Europa, despedidas de solteras uniformadas, manifestaciones “por una sanidad pública y de calidad”… Todo mezclado sin un límite preciso. Una gran fritada en el perol de lo masivo. La chica gorda que pega la cara en el cristal de un Starbucks, mientras escribe compulsivamente en su cuaderno, parece como si quisiera recoger esta fiebre de la mañana de sábado. Una Casandra que no levanta los ojos del papel, poseída por el horror vacui que lo inspira todo y que ella convierte en palabras. Mi semejante, mi hermana.


En la Plaza de San Francisco tres aviones varados se mostraban a la concurrencia. Acompaña la exhibición aérea una exposición sobre la historia de la aviación en Sevilla en los bajos del ayuntamiento. Discreta y con pocos medios, recoge por medio de paneles, fotografías, maquetas y algo de tramoya los años de vuelos sobre la ciudad. Me sorprenden los anuncios del Zepelín por lo historiado de su habitáculo bajo el gran globo de hidrógeno. También la primacía belga en los primeros aviones que llegaban hasta aquí, casi bicicletas con alas y muy poco de fuselaje.


Salimos. Buscamos por las calles secundarias (casi no existen) un lugar donde tomar algo. Lo encontramos de milagro. Continuamos el camino de vuelta a casa por vías recónditas antaño; ahora son paso obligado de las hordas de fin de semana. Casi imperceptibles, se mostraban unos paneles con fotografías estonias callejeras de varias épocas al final de la avenida. Vemos en una de ellas el imponente zepelín cruzando las calles de Tallín. Jugamos a la foto-realidad con los niños sin que ellos se percaten. Las fotos que se muestran son el resultado. Estas instantáneas estonias tienen algo de encanto fantasmagórico, de inocencia ideal y sencilla, ajena a todo lo que vendrá con la Segunda Guerra Mundial. Las observamos en un intento silencioso de sentir lo que sienten los que, mudos, nos miran desde ellas. Pasto de las flores ya sus protagonistas, de sus blanquinegras realidades surge una música que aviva el corazón de los que aún hollamos la tierra. Volvemos a casa con los pequeños excitados por la visión de los aviones. Abren sus pequeños brazos y planean en la carrera por el parque. Los niños son los únicos seres que, sin alas, pueden volar de verdad.  

 



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