domingo, 8 de octubre de 2017

Azafatas


En los años noventa (justo antes de la llegada de la ortodoncia universal), cuando te aventurabas a realizar un viaje transoceánico a las Américas, descubrías una tipología humana al borde de la extinción: las antiguas azafatas de Iberia. Todas ellas pasaban de la cincuentena larga, muy larga. Eran señoras de porte señorial, con una flema impostada, que no aguantaban ni el descaro ni la zafiedad de la nueva masa democrática que había accedido, al fin, a volar en aviones que en sus tiempos mozos sólo cataban los visitadores médicos meritorios, la alta burguesía y las campeonas de ventas de Tupperware. Te miraban con una distancia polar, como si hubieran abierto la tapa agujereada de una capa de zapatos llena de nauseabundos gusanos. Bregaban con el pasaje dominicano que iba a visitar a los suyos desde la ventajosa situación del que vuelve del primer mundo pero salió del tercero. Ahí se las veía sufrir porque el proxeneta de la fila 45 (negro ensortijado con tupé a lo James Brown, zapatos de punta y hebilla de cinturón plateada con la palabra SEX) las llamaba “mi amol” y no entendía los códigos que ellas se afanaban por dejar claros.
Nunca supe por qué eran las que atendían estos vuelos de ocho horas. Supongo que sería una forma de seguir manteniendo un sueldo como los de su época, viéndoles, ya casi, las orejas al lobo del low-cost y a las pre-jubilaciones menos dadivosas.
Este tipo humano no se ha extinguido. Llevo semanas constatándolo. Mi cambio de corral de trabajo me ha puesto en la senda de estos encuentros del pasado. Los operarios de corral somos soldados rasos de infantería. Es una absoluta memez darse aires cuando la cría de pollos nos iguala en los quehaceres. Ni siquiera los sexenios darían para crear una supuesta brecha de clase entre ellas y los nuevos obreros, pero ahí están, todas las mañanas, con el aire de azafatas de Iberia del antaño dorado, torciendo el gesto en los pasillos para saludar a un infinito poco comprometedor. Yo las celebro para que no se extingan, para que sigan dando color aristocrático a algo que ya no lo tiene. Aún no saben que las acompañaré feliz a sus fiestas de jubilación.