domingo, 8 de mayo de 2022

Narcotraficantes de proximidad

 


 Vivo con mi familia en un espacio fronterizo. Como tal, en él convergen dos mundos: el lumpen proletario de una zona cercana socialmente deprimida y la clase media (más o menos acomodada) de pisos con piscina privada y video-vigilancia. En los modos de acarrear la vida de estos dos polos no creo que haya mucha diferencia. En los flancos de los contenedores de ambos mundos se amontonan cajas con el logotipo de Amazon día tras día. El aburrimiento y la escasa imaginación es común: unos y otros convierten las horas de spleen en este detritus del consumo que cierra tiendas físicas y manda a casa (y mandará aún más) a buena parte de la población activa. Supongo que el Netflix (de pago o de balde) también es una marca compartida.

Sé de buena de tinta que a algunos de mis vecinos se les contraen y desploman los esfínteres cuando han de tomar contacto con el color local. Para la señora a la que compramos nuestro piso (tras la firma en la notaría voló hacia la capital no sin antes un suspirado “¡Ay, X., por Dios!”) bajar a X. era como si le extirparan una parte de su consciencia de clase. Pero también conozco a entusiastas de esta situación, que saludan el hecho de que convivan casi ochenta nacionalidades en un lugar tan pequeño con un ilusionado grito de ¡Aleluya! Hay trabajo que hacer para lograr que este amontonamiento cultural se convierta en un auténtico cruce de culturas. Los hilos son de muy diferentes facturas para que el jersey luzca elegante, pero no por ello hay que desechar lo llamativo del tejido que pudiera resultar.

Mientras esto ocurre, a veces la vida nos regala el encuentro con este mundo (tan lejano y cercano a la vez) del lumpen. Ayer paramos en una terraza a media tarde para reponernos de los primeros calores del pre-verano. El bar expide fritanga durante todo el año y acompaña los avances del cazón en adobo con la sintonización invariable de Radio Olé. Su reclamo principal es que delante de las mesas se extiende un jardín de juegos (suelo sintético multicolor antibollos) para que las familias puedan consumir siguiendo las evoluciones de sus tiernos infantes sin miedo a los puntos de sutura. Ayer no había nadie y Radio Olé no presentaba un volumen preocupante. Nuestro hijo se unió a otro pequeño que tiraba a una canasta cercana y nuestra hija merendó algo de fruta sentada junto a sus papás. Zumo de melocotón para la madre, manzanilla (infusión) para el padre. En el momento en que nos disponíamos a tomar lo servido, llegaron dos extraños seres a los que llamaré “Rosalíos”: se trataba de una pareja de individuos de apenas metro sesenta con barba de cola de pato; zapatillas con cámara de aire embutidas en unos pies que no llegarían al 41; pantalón de chándal tobillero y abombachado; camisetas de equipos de fútbol recortadas sobre unos torsos con la forma que da la obesidad mórbida tratada en gimnasios low cost; y bisutería ostentosa combinada con pelucos metálicos. Se sentaron a nuestro lado emitiendo unas carcajadas que, al parecer, venían provocadas por algo que estaba sucediendo en el móvil de uno de ellos. “Gua yu nem?, Gua yu nem?, Gua yu nem?”, preguntaba uno de ellos a una mujer que aparecía en la pantalla. Esos ladridos desaforados intentaban mantener la comunicación (¿en inglés?) con la joven que se les mostraba. Ahora intervenía el otro, el cual presentaba un casi imperceptible grado más avanzado del patois que ladraban: “¡¡Güer arr yu for?!!”, “¡¡Güer arr yu for?!!”. “¡Azerbaiyán!”, dice la otra. Y ahora comienza, entre carcajadas y gestos obscenos, un intercambio de sugerencias animales que consistían en un infantiloide “¿Yu wan tucki-tucki, chuki-chuki, juki-juki corrmigo?”. La otra se reía como si se le pudiera ver la campanilla desde su pueblo hasta donde estábamos sentados. Después de esta demostración de no sé aún cómo denominarlo, pagaron sus consumiciones (nestea y coca-cola), se despidieron de nosotros y se montaron en un coche de alta gama.

La pregunta o las preguntas son de rigor: ¿de dónde salen estos seres?, ¿qué principios les asisten?, ¿qué sucedería si no tuvieran acceso a la tecnología?, ¿cómo entienden el amor o sus sucedáneos?, ¿saben dónde queda Azerbaiyán?, ¿pensaban que podrían llegar en su BMW en un par de horas?, ¿qué lleva a una mujer a soportar a dos idiotas (a no ser que se trate de una línea erótica a pleno rendimiento) durante tanto tiempo?, ¿está el narcotráfico de proximidad más que nunca en manos de imbéciles de baba? No tengo respuestas para ello. Prefiero pensar que son una especie en franca decadencia y que serán sustituidos por dandis de cuello duro y modales a lo Oscar Wilde. De momento, prefiero comprar churros con las ochenta nacionalidades compartiendo cola que presenciar hacia dónde se dirige el género humano.

miércoles, 27 de abril de 2022

Pizarras

 



Hace un mes asistió a mis clases un inspector de educación. El hombre se sentó al fondo del aula y se parapetó detrás de un ordenador portátil. Recogía notas, se detenía de vez en cuando para contestar un mensaje en el teléfono para luego mirar lo que hacíamos mis alumnos y yo con atención. He de reconocer que los jóvenes no estaban sobre aviso, por lo que la presencia de aquel extraño señor los amilanó, pero no por ello perdieron un ápice de frescura. Al final de su visita, sólo me apuntó un cambio que debía de hacer en la programación. Después añadió: “sobre su práctica docente... no tengo nada que decir”. Menos mal que después de más de dos décadas en este negocio uno no tiene que recibir ningún apunte de los superiores. El caso es que yo sí lo esperaba, pues, a pesar de que en las aulas contábamos con material digital (ya se sabe: ordenadores, pizarras, cañones, etc.), no hicimos uso alguno del mismo. Al pasar de los días, la dirección del centro me preguntó sobre cuál era mi método innovador para que el inspector les hubiera comentado que mis clases eran muy entretenidas. Sin ánimo de darme alpiste ni de recibirlo de otros, la cosa, dije, es tan sencilla como el uso de la pizarra de tiza de toda la vida.

El detalle está ahí: la pizarra de tiza de toda la vida es uno de los instrumentos arrinconados en los trasteros de los colegios e institutos. Los cursos de “Cómo sacar provecho a las herramientas digitales” que imparten los centros de formación del profesorado puede que sean interesantes y necesarios, pero observo con cierta perplejidad la manera en que mis alumnos agradecen las tizas de colores sobre fondo negro. La compañera que entra cuando yo salgo de una de las aulas donde las pinto me dice que por qué no hago un blog para que no se pierdan. Es hermoso pensarlo, pero creo que es más hermoso que desaparezcan, que sean flor de un día y que queden en la memoria de los que tienen interés por ellas. Más de un joven me ha pedido al final de la explicación si puede hacerles una foto. Le digo que no, que pueden copiarla tal como está. No llego a  saber si lo pide por admiración del trabajo o porque pasa de tomar apuntes. En todo caso, la negativa viene fundamentada en el intento de que la voluntad no se atrofie por los medios digitales.

He de reconocer que he tenido un buen maestro para lograr sacar provecho a esta antigualla de herramienta. La vivacidad que esta permite pasa por poder introducir en la explicación cualquier elemento que aparezca en el propio desarrollo de la clase. La noticia del día, la anécdota que surge mientras subo la escalera (“¡Que estás apollardao!”, escuché ayer mismo y ya nos sirvió para ejemplificar la paresíntesis popular en morfología), o las relaciones que se pueden establecer entre la Naturaleza (estaciones, fenómenos de las mismas, etc.) y la evolución de la literatura, únicamente pueden brillar en estas pizarras y no en lo granítico de las presentaciones proyectadas año tras año.

 

Así que, si hay algún docente en la sala, que se anime y vaya mañana mismo a la secretaría de su centro, pida una caja de tizas de colores y (teniendo la suerte de que aún cuelguen de las paredes de las aulas pizarras de verdad) que comience como si fuera su primer día en la Tierra. Algo de provecho se encontrará.

lunes, 25 de abril de 2022

Soy demasiado fea



Las amapolas salpimentan los campos de margaritas en la carretera que lleva hasta la escuela de mi hijo. Una construcción extraña, que hacía de caballeriza tiempo ha, se mantiene en pie en medio del paisaje. Los trigales cabecean verdes aún con este aire de finales de abril. El mundo parece emerger con la fuerza oculta de la Primavera, que todo lo puede año tras año. Comienza también la caída necesaria de los tapabocas, complemento al que nos hemos acostumbrado sin demasiada reflexión al respecto. Observo con interés cómo su presencia no desaparece. La preocupación, la desconfianza (que muchas veces es vástago del miedo), la responsabilidad, etc. son los ropajes con los que vestimos el rechazo a una decisión avalada por los mismos que la impusieron. Parece que su uso y su necesidad han calado más allá de lo meramente sanitario. Los jóvenes con los que trabajo muestran morros, narices, granos, ortodoncias, boquitas pintadas, labios adolescentes; los muestran con la alegría de la liberación. Mis colegas se lo toman con más disciplina.


El diario El Mundo publicaba hace unos meses unos datos que tendrían que ser algo más que meros porcentajes para el comentario en el café: “Según el último informe de la Fundación Anar, que ayuda a niños y a adolescentes en riesgo, durante los primeros meses de la pandemia los diagnósticos de ansiedad entre jóvenes aumentaron un 280%, la baja autoestima un 212% y los casos de depresión casi un 88%. El final del confinamiento disparó los trastornos de alimentación un 826% respecto al año anterior y la vuelta a las aulas disparó las autolesiones un 246%”. Ansiedad, baja autoestima, depresión y autolesiones. Resulta curioso leer que la causa de estos preocupantes números es la pandemia y nunca la gestión de la misma. La difícil salida de tanta oscuridad deja a muchos de estos jóvenes en una delicada situación, tan delicada, que casi no se ve, pero que ya comienza a dar la cara en los pequeños gestos. Como muestra contaré que, de los pocos alumnos a los que imparto clase que motu proprio han decidido no despojarse de la mascarilla, la mayoría son alumnos hispanos. Observo que no se trata únicamente de una razón socio-sanitaria, sino del determinante canon de belleza ario-caucásico que los desplaza al maravilloso y poco transitado territorio (aunque ellos no lo crean) de la belleza latina, la cual no recoge (a no ser que sea por efectismos publicitarios) la corriente dominante.


“Soy demasiado fea”, me dice una joven cuando los demás le recriminan que no se quite la mascarilla. “No me gusto”. Reconoce que el tapabocas le ayuda a estar en el instituto y pasar desapercibida. Desoye, cuando hablo con ella a solas después de clase, el extraño e intangible concepto de la belleza interior; y tiene razón: la adolescencia poco sabe de esas bellezas, al menos de cara a la galería. En la intimidad me consta que existe esa sensibilidad, pero la humanidad ramplona y apresurada de nuestra época la deja en la estacada a la primera de cambio. Víctima de una autoestima en clara precipitación al vacío, mañana seguirá llevando medio rostro tapado. Ojalá que sea algo pasajero y que esas beligerantes amapolas que son las bocas adolescentes vuelvan, todas, a lanzar su halo de vida sin filtro a un mundo estupidizado, miedoso e irreflexivo. Sobre todo, porque resulta necesario... y hermoso.

sábado, 23 de abril de 2022

Menos camisas de lino que planchar.

 


El filósofo Antonio Lastra habla de bajar a la caverna siempre que sea posible como metáfora para explicar la necesidad de entrar en la corriente de la vida, dejando de lado el cómodo mundo de las ideas y del pensamiento abstracto para sumergirse así en las corrientes oceánicas de la existencia. Bajar a la calle ha sido desde aquel lejano año de 2008 en que nació Fritanga (y después Pura fritanga) el principio que ha guiado e iluminado estas frituras de alto contenido calórico.

Hoy bajé a la calle, a la ciudad. En ella se congregaban hinchas de fútbol abanderados y con ganas de juerga desde por la mañana. Coincidían con los pocos, escasos, casi insignificantes compradores de libros que entraban en las librerías para festejar el 23 de abril. Los futboleros ganaban por goleada a los letra-heridos. Si fuera al contrario, el mundo no sería, seguramente, mejor; sólo diferente.

En la librería Baobab, un emporio de libros infantiles y cachivaches lúdicos, no hay baños para sus tiernos clientes. La infancia comparte con la vejez estas urgencias. Supongo que en el bar de al lado (Churrería Los Remedios) ya estarán acostumbrados a la procesión de jóvenes en sprint de la mano de sus apurados progenitores. Es probable que por ello ofrezcan patatas fritas y churros con chocolate. Tras salir de la librería, nos apostamos en una barrita del lugar. Pido un cartucho de patatas. El perol donde supuestamente han sido fritas no humea; una espuma estigia flota moribunda sobre un fondo oscuro de aceite. Una joven introduce paletadas de patatas fritas en una bolsa de papel de escasa e incomprensible consistencia. Una supervisora con gafas modernas la observa como si fuera a meterle un sopapo en cualquier momento. “Muy lenta; demasiado lenta”, le dice. La novicia se da un poquito más de arte en colar la mercancía. “No tenemos prisa”, le espeto sabiendo que al sargento eso le daría igual. “Es que imagínate cuando esto esté lleno”. Me tutea sin mirarme a los ojos; los tiene clavados en esta pobre criatura que es incapaz de introducir más maquinalmente patatas. Nos cobran dos euros de tubérculo. Mis hijos esperan el alimento con ilusión. Hubiera sido imposible no darles este pequeño gusto. Apostados en la barra exterior observamos las evoluciones del mercado. Las patatas, dicho sea de paso, hacía un rato grande que habían pasado por el aceite. Sin cuerpo, sin firmeza, maldije mi poca vista para cambiar el paso y no caer en aquel lugar, pero mis hijos disfrutaban. Una abuela, un nieto y una nieta de más o menos ocho años se disponen a comprar un paquete. “Que la prueben antes”, le dice la señora a la madre que acaba de llegar. “Si no le gustan esas, le compras un paquete en el super de aquí”. Pasa un camarero con aire zumbón y chulo, fruto del país, como diría Larra. “Señora, están fritas aquí mismo”. Abuela y madre no hacen ni caso. La niña tuerce el gesto. Se van dando las gracias a la novicia. El fruto del país dice algo entre dientes. Llega una mujer rubia (aquí todas lo son) de unos cuarenta años. Pide un paquete. La novicia está más resuelta ahora. La sargento acaba de salir por la puerta con un patinete. Volverá a las siete, dice. La novicia se permite el lujo de mirar el móvil antes de proceder a la operación. Termina y le da el paquete a la rubia. La rubia lo toma por el borde con el pulgar y el índice. Lo sacude con contundencia y hace bajar el nivel de patatas considerablemente. “Llénamelo”, le suelta a la novicia. La joven, sin asomo alguno de vergüenza, dolor o preocupación, completa el vacío con un volumen de patatas por encima del nivel del mar.

Uno observa lo resuelto que es el personal del lugar. Los Remedios es un barrio clásico de la ciudad. Su conservadurismo no le priva de tener un aire vistoso para los que no lo habitamos. De hecho, es probable que sea de los pocos sitios que conservan su esencia, alejados como están de la masa dromomaníaca del turismo masivo que camina la ciudad.

Por la tarde me escapo a Mediamarkt. Sigo la recomendación de mi hermano sobre los precios y prestaciones de un lápiz de memoria usb. Una mujer me indica en la sección de planchas que las memorias están al final. Pienso en lo hermoso de que así sea: las memorias no pueden ocupar otro lugar que no sea un final de vida. Caigo en la cuenta de que la plancha de casa tiene el cable con más nudos que el Buque Escuela Juan Sebastián Elcano. Retorno al lugar del crimen y me encuentro con la misma mujer, con mascarilla. Tendrá casi los cincuenta. Le digo que necesito una plancha y que me aconseje alguna con las 4B (buena, bonita, barata y básica). “Lo importante es la suela”. Hace un panegírico de las planchas con “suela de acero”. Entiendo la indicación. “Así tendrá usted más calor para planchar camisas y pantalones”. “¿Y el lino?”, pregunto. “No me hable usted de lino, por favor”. La mujer me cuenta su vida: tiene un hijo de diecinueve años que no recoge la mesa, que no plancha, que no limpia, que no… Su carrera de periodista le impide hacer cualquier cesión a estas nimiedades domésticas. Estudia con dos móviles delante y un ordenador. “Tiene dos móviles: uno que le regaló su padre y otro yo; estamos separados”, dice lastimeramente (más por los dos móviles que por la separación). Se irá a Granada el año que viene. La mujer espera que la ciudad de La Alhambra lo reeduque. “Me dice que salga los domingo, pero, mire usted, yo los domingos los uso para limpiar, lavar y planchar. Él sale tres veces los domingos y me pide que le planche al menos tres camisas para el día y yo, cómo no, lo hago”. La observo con atención: sus pestañas de looping con las puntas de rimel petrificado y sus uñas de gel no logran esconder el deterioro. “Usted vive con un tío”, me atrevo a decirle. No puedo evitar hacer esta apreciación, pues conozco a “esos tíos” (da igual si son maridos, hijos o hermanos). Viven en el cómodo país de lo consuetudinario (hereropatriarcal, añadiría alguna fémina aguerrida). Me mira como si yo fuera un mensajero del cielo. Entiende mis palabras, pero sé, sabe, sabemos, que cambiar su mirada le supondría cambiar demasiadas cosas”. Me voy. “Aquí me tiene para lo que necesite”. La miro con agradecimiento, pero también con tristeza. Jornada partida, de lunes a sábado, “yo no soy tonta”, como reza el eslogan de la marca.

Vuelvo a casa pensando en que nuestra imagen del mundo está asentada en la mirada de nuestro entorno. Entre los exigentes compradores de patatas y esta mujer hay miles de gestos que los separan. El nivel de exigencia es un agujero negro cuando se convierte en una auto-exigencia que sólo complace a los otros.

Esta mañana compré los poemas de Safo en la editorial Acantilado y por la noche veré el Betis con mi hijo (seguramente un único tiempo). Lo pidió él porque en la escuela un compañero le dijo que el que ganara se llevaría la Copa del Rey (“el de los castillos y los caballeros, papá”). La infancia no entiende de banderas. Ojalá todos los que esta noche llenen el estadio y griten delante de la tele leyeran un poema de Safo al menos en la vida. Quizás habría menos camisas de lino que planchar.

lunes, 11 de abril de 2022

Iniciados

 


Los hacedores de nuestra época han sabido crear un instrumental variado para iniciar a niños y adolescentes en diversas formas de ocio, que no es otra cosa que una puerta abierta a una posible pre-adicción. Se trata de objetos, cachivaches y aplicaciones (pronúnciense “ups para no hacer el canelo ante los propios jóvenes) con apariencia de juegos, jueguecitos o adminículos con la inocencia de los primeros pasos de un crío. Consolas, vapeadores y patinetes suponen un estadio previo a versiones de más o menos lo mismo pero más rápidas, más vistosas y, en ocasiones, más peligrosas.

L. es la joven que nos ayuda en casa. Malvive de las pagas del Estado y de lo que va ganando con la limpieza de unos cuantos hogares más. Desdeña con cierta picardía la posibilidad de que se le dé de alta en la Seguridad Social. El dinero que gana lo invierte en “piercings” y tatuajes. El último rezará “Torres más altas han caído”. L. mira de soslayo y sin demasiada preocupación que su hijo de trece años “vapee”. “Mejor eso que fume”, afirma con contundencia. El chaval tiene patinete eléctrico y móvil propios desde los once años. Su madre porta en sí misma la voluntad de las mamás que se niegan a que su hijo se quede atrás. En esta pugna, la clase media ilustrada gana cuando cifra el éxito de sus vástagos en las academias de inglés, el conservatorio y el viaje de estudios. En dicha versión las familias ponen su empeño en rescatarlos de la mediocridad y el fracaso. Estos tienen igualmente acceso a vapeadores, móviles y patinetes eléctricos; sin embargo, algunos de estos progenitores, vigilantes y comprometidos, logran que estos objetos lleguen tarde o, al menos, en un momento en que la madurez de la muchachada esté más acorde con su capacidad de decidir con algo más de sentido si lo usan y cómo lo usan.

Reflexiono acerca de la poca o nula sublimación de las clases sociales más castigadas a la hora de mejorar. Pareciera como si estuviésemos retornando a una Edad Media posmoderna en la que los nacidos “plebeyos” (hoy obreros manuales engolfados en las modas del momento) no pudieran ascender escalón social alguno. L. acepta que su hijo ya no vaya a sacar los estudios. “Me conformo con que no sea un golfo”, dice. El chaval “vapea”, practica muay thai y se mueve en patinete eléctrico. Parece que los vaivenes de la vida se encargarán de dirigir su rumbo hacia la repetición de trabajar a cualquier precio para conseguir cualquier cachivache de moda.

El hecho de no caminar (patinetes por doquier) y no pensar (pantallas que interfieren continuamente nuestra relación con la realidad) está atrofiando (también en los mayores) la posibilidad de recorrer el mundo con paso propio, observarlo a través de la propia mirada y pensar lo observado. La clase media continúa remando a contracorriente por tradición y por el miedo al qué dirán, y en esa lucha, más o menos, vamos salvando los trastos. El proletariado pseudo-letrado también continúa una tradición que sí supieron trascender nuestros padres para lograr hacer algo más de sus hijos. Sí, eran otros tiempos, pero benditos padres aquellos.

viernes, 8 de abril de 2022

Canis renacentistas

 


Explicar el Renacimiento y los conceptos de Cortesano y de Amor cortés es un reto para que realmente impregne algo en un adolescente y conforme parte de su imaginario para el futuro. “Pon un vídeo de la época”, me dicen. Les hago saber que los cuentos leídos, igual que obligan a un niño a crear imágenes, así funcionan las explicaciones en la pizarra (de tiza). Protestan. Les compenso con la audición de música renacentista para laúd, que acogen con sorpresa, pero también de buen grado (no faltaron los iniciales “¡pa’ dormir!”). Les hablo de la cultura palaciega y la cultura popular, de la calle. No les cuesta entender que lo que escuchan en ese mismo instante en música culta y que Yung Beef pertenece a la música popular. Esto daría para otra clase, claro. Leemos un fragmento de El cortesano de Baltasar de Castigione donde  se desgranan cuáles han de ser los atributos del ideal del hombre en el Renacimiento:

"Y así nuestro cortesano, además de linaje, debe tener buen ingenio y sea gentil hombre de rostro y buena disposición de cuerpo, y alcance una cierta gracia en su gesto que le haga parecer bien a primera vista y ser de todos bien amado.

Pienso que el principal y más propio oficio del cortesano sea el de las armas, las cuales sobre todo se traten con viveza y gallardía; que sea fiel y esforzad y que lo sea siembre
Puédense también hallar muchos otros ejercicios, los cuales traen siempre consigo una animosa lozanía de hombre. Entre estos son los principales la caza y la montería; no daña saber nadar. Hace asimismo al caso tener la habilidad en saltar y correr.

Nuestro cortesano tendrá gracia, especialmente en el hablar, deberá huir de la afectación, porque la facilidad y la llaneza siempre andan con la elegancia. Todo esto se haga tan sin trabajo que el que escuchare piense que esto no es nada de hacer y que está en la mano hacerlo él también.
Hará el caso que sea músico y ha de ser diestro en tañer diversos instrumentos. Porque ningún descanso ni remedio hay mayor ni más honesto para las fatigas del cuerpo y pasiones del alma que la música".

Intentamos mitigar los “ruidos” provocados por una lengua lejana de nuestra época con algunos apuntes de vocabulario. Algunos sonríen; a otros les parece un galimatías infumable. Para darle un poco de aire a la escena, recito el famoso madrigal de Gutierre de Cetina para abordar el concepto de la Donna angelicata y el Amor platónico:

Ojos claros, serenos,

si de un dulce mirar sois alabados,

¿por qué, si me miráis, miráis airados?

Si cuanto más piadosos,

más bellos parecéis a aquel que os mira,

no me miréis con ira,

porque no parezcáis menos hermosos.

¡Ay tormentos rabiosos!

Ojos claros, serenos,

ya que así me miráis, miradme al menos.

Traducción verso a verso del profesor. Sufrimiento contenido de los oyentes. Hay que cambiar el gesto con urgencia. Coloco en la pizarra una tabla con cuatro columnas emparejadas. En las dos primeras se enfrentan el cortesano y el cani (para los amigos de tierras lejanas, no sé qué término utilizar para que lo entendáis); en las siguientes, la dama y la choni. Les propongo que ofrezcan una visión especular (así no, claro) de ambas parejas; es decir, que aborden el asunto de los “parecidos” entre unos y otros abordando el trabajo, el habla, el movimiento, la vestimenta y la música por la parte masculina; y los apariencia, cualidades y relaciones sentimentales por la femenina.

Aunque parezca un milagro, se tiraron rápidamente a los cuadernos a escribir. El resultado, la semana que viene.

martes, 5 de abril de 2022

Educar la mirada

 

 

Cuando se habla de la necesidad del arte, interrumpen o vienen a enriquecer nuestras disquisiciones los conceptos de utilidad e inutilidad del mismo. Un cantero que interviniera en la decoración de la fachada de cualquier iglesia románica en el siglo XII no tenía percepción alguna de que su trabajo  fuera más allá de una obligación con su gremio y con Dios. Su arte estaba imbuido de religiosidad y como tal se llevaba a cabo. Gustave Flaubert, como muchos otros, entendía su arte como una religión en sí; la consagración absoluta a su obra lo llevó a envejecer con rapidez a partir de los cincuenta años, muriendo de un derrame cerebral a los cincuenta y ocho. Leyendo las cartas que envió a Louise Colet, uno se percata de los sacrificios, de las febriles etapas de creación casi sin dormir, siempre a la búsqueda de la palabra justa y siempre dejando bien plantada su capacidad para fijar los detalles del mundo en el papel. Desgranar algunos pasajes del libro, en cuyas líneas se acumulan sutiles relaciones entre sus personajes y la Naturaleza, y en entre esta y el significado secreto que transfunde Flaubert a sus imágenes, es una muestra de la utilidad de lo inútil, al menos en el sentido espiritual.

Escribe en el capítulo VIII de la tercera parte de Madame Bovary: Y, a medida que avanzaba, iba reconociendo los bardales, los árboles, los juncos marinos en la colina, el palacio a lo lejos. Se volvía a encontrar en las sensaciones de su primer amor, y en él se dilataba su pobre corazón oprimido. Le daba en la cara un viento tibio; la nieve, fundiéndose, caía gota a gota desde el follaje hasta la hierba. Emma Bovary se dirige al palacio de Rodolphe Boulanger, un donjuán que la rechazó y al cual vuelve desesperada después de tres años y un segundo adulterio. Cada una de las palabras están colocadas con la intención que sólo tienen los grandes. Aún sonaban los clarines del Romanticismo cuando Flaubert se encontró con el Realismo. De alguna manera, a pesar de su celo por recoger todos los detalles, sigue existiendo la impresión de que la naturaleza acompaña el sentir de los personajes como se muestra en el Romanticismo. Nabokov admiraba esta sutileza del escritor francés (“los divinos detalles”). El hueso de melocotón aún húmedo en el cenicero de la casa de Dolores Haze justo antes de que Humbert se encuentre por primera vez con Lolita será otro señuelo dejado para el lector a partir de una minúscula señal. la nieve, fundiéndose, caía gota a gota desde el follaje hasta la hierba contiene todo un mundo de relaciones con lo ocurrido antes en la historia entre Rodolphe y M. Bovary y lo que acontecerá cuando, minutos más tarde, ella se lo encuentre junto a la chimenea fumando una pipa. Merece la pena leer el fragmento para recuperar estos “divinos detalles”.

Los artistas tienen este sentido extraño y aristocrático de percibir la realidad con respecto al resto de los mortales. Practicar esta capacidad de captar los detalles requiere de una mirada atenta. La celeridad del mundo y la gruesa visión de las cosas dan al traste con ello. La educación perceptiva (ojo, no preceptiva) también resulta imprescindible para que nuestras existencias sean más ricas. Esta mañana, hablando con unas alumnas que sacrifican el recreo para seguir en el aula preguntándose acerca de que será eso de la literatura, convenimos que el detallismo no era una cualidad privativa del arte, sino que cualquier actividad humana podía ser enriquecida de esta manera, desde lo que hace un electricista hasta lo que pudiera llevar a cabo un médico. Evidentemente, el trabajo repetitivo y maquinal da poco espacio para conseguirlo. Concluimos que todo ser porta en su interior un espíritu creativo al que da salida si las circunstancias lo acompañan. Algunos logran dirigirlo a un fin y lo convierten en el motor de su trabajo o de su arte. Otros, anegados por las circunstancias, lo pierden por el camino, aunque algún hito en sus vidas los podría llevar a su recuperación. Una educación de la mirada podría contribuir a seguir mejorando lo que de manera irreversible estamos deteriorando en los individuos. Se necesitan voluntarios para esta tarea: bastan padres y madres atentos para comenzar. Luego, la labor recaerá sobre la responsabilidad de las personas que nos cruzaremos por el camino.

domingo, 3 de abril de 2022

¿Sabotaje?

 


¿Y si fuera posible el sabotaje de la ley desde dentro? La obligación moral del profesor no es suministrar información, sino desarrollar el pensamiento del joven a través del conocimiento, así como sugerirle el camino para encontrar lo bello, lo bueno y lo verdadero. Resulta esencial llevar la vida al aula; lo que ocurre en el mundo ha de tener su sitio en la clase para poder establecerse relaciones con el presente y el pasado, y así dar pistas para intentar prever el futuro. El ataque a la Filosofía y a la Historia nos obliga a reaccionar a todos, incluidos a los docentes que no impartimos estas dos asignaturas. La merma y desaparición de una y el planteamiento a-cronológico de la otra trazan un camino oscuro y lleno de maleza. Hemos de saber recorrer los senderos que escapan a todo este ocultamiento. Si la Filosofía y la Historia están asediadas, hay que vivificarlas. Ser cada uno el que proponga las preguntas necesarias para generar las reflexiones. Enfrentar el día a día con los espejos enfrentados del pasado y el presente. Mostrar así las incongruencias del mundo en que habitamos. Todos los documentos y todas la vivencias nos serán útiles. El anecdotario y los gestos del mundo actual servirán para concretar y esclarecer el pasado. Tenemos la oportunidad de ser médiums de algo superior desde las Matemáticas, la Física, la Química, la Música, la Biología, las lenguas, la Economía, el Dibujo, etc. Estimular el pensamiento crítico es nuestra obligación. De momento, no hay que llevarse a engaño: no se necesita tecnología alguna para este logro. Basta el entusiasmo y una reducción considerable de la ratio profesor/alumno por clase (la primera pudiera ser una consecuencia de la segunda). Se ha podido hacer al cumplir con las medidas socio-sanitarias implementadas por el gobierno durante estos dos últimos años. ¿Por qué no ahora? El beat histórico, el evento aislado sin conexión con otros eventos que lo prefiguran, no es más que la destrucción del pensamiento lógico y el ocultamiento de uno de los principios esenciales de la vida: somos fruto de una semilla plantada en el pasado.

Me decía un día un compañero de Pastelería que sus alumnos suspenden la prueba del cruasán. No, no es un nombre en clave. Se trata exactamente de hacer cruasanes a partir de las indicaciones del profesor. “No saben”, me cuenta con el gesto ensombrecido por la frustración. Los futuros pasteleros no entienden los procesos, acostumbrados como están (como estamos) a que el dedo sea el que active en la pantalla un proceso del que solo veremos el resultado (desde pedir comida hasta comprar un artículo en amazon –con minúscula–). Además, no toman notas porque tampoco saben tomarlas. La lógica tecno-capitalista irrumpe en el estudio de la Historia y de la Filosofía. No puede haber una manifestación más clara de hacia donde vamos que en el análisis de lo que supone la pérdida del sentido de los procesos con la compra por internet y la desaparición de la palabra en tales transacciones. No entender la Historia como un proceso evolutivo y no abrir un espacio para reflexionar con los otros es una de las muchas trampas de esta nueva legislación educativa que viene a continuar (aquí sí que hay proceso) el desmantelamiento de las Humanidades y, por ende, de todo lo humano.


jueves, 31 de marzo de 2022

Contra las Des-Humanidades

 


¿Qué impronta tiene la obligación de dejar el profesor en el espíritu de sus alumnos? Segura y preferiblemente ninguna. Lo que ocurre es que a veces uno sueña con lograr alcanzar a que lleguen a tener una pátina de conocimientos, una semilla congelada que pudiera brotar en algún momento de sus vidas futuras, para hacerlos así seres no más cultos, pero sí más sensibles a la cultura. 

Ayer me vi preparando una clase con el fin de explicar La Celestina de Fernando de Rojas. Sabía que términos como “comedia humanística”, pre-Renacimiento o tragicomedia les traerían al pairo. “El argumento”, me decía a mí mismo, “el argumento de la obra es invencible”. Hace ya muchos años le leí a Juan Goytisolo el relato de cómo logró que unos alumnos puertorriqueños, desapegados de cualquier manifestación literaria, se quedaran completamente extasiados ante este clásico castellano. Supo inocular el veneno de la historia contando prosaicamente el argumento. Así hice: presenté a un joven llamado Calisto, que queda prendado de una chica al entrar accidentalmente en el huerto de la casa de ella. La escusa: buscar su halcón descarriado. Luego el consejo que le da su criado Sempronio para contratar los servicios de la vieja alcahueta Celestina que logrará que Melibea, que así se llama la chica, sepa de los intereses amatorios de Calisto. La conversación entre el joven noble y la vieja da como fruto una nueva capa para esta servicial “madre”, además de cien monedas de oro. Los criados de Calisto, a la sazón amantes de dos putas que viven en casa de la vieja (por cierto, el libro de texto las llama “discípulas” de Celestina), matan a la anciana por negarse esta a repartir las ganancias. Ajusticiados serán ambos en la plaza de la ciudad por tal asesinato. Despojadas de sus amantes como quedan las “discípulas”, Elicia y Areúsa contratan los servicios del matón Centurio para que aniquile en venganza a Calisto. En la profunda noche donde el amante recita versos de amor al oído de la amada, el sonido de una gresca callejera hace caer a Calisto desde las alturas, partiéndose el cráneo contra el suelo y muriendo en el acto. Melibea no observa otra opción que el suicidio. Su padre, un burgués constructor de barcos que responde al nombre de Pleberio, recita un hermosísimo y emocionante planto por la muerte de su hija.

He repartido los papeles y cada uno de los aconteceres de la obra en nueve escenas. Las han escrito e imaginado (sin leer la obra). En una clase de once, donde sólo hay dos chicas (una Melibea y la otra Celestina), los dos que han hecho de “discípulas” se lo han pasado en grande mientras escribían. Cuando les planteé que la verosimilitud de la obra descansaba en parte en el uso del habla de la calle, no pudieron resistirse a largar una buena vaharada de tacos en cuanto han tenido ocasión. Casi todos han escrito algo. Mañana haremos una representación a modo de “comedia humanística” compuesta para ser leída. Quiero confiar en que, a pesar de su improbable contacto con el libro, algo permanecerá de esta forma en sus memorias. Este entusiasmo momentáneo es la única arma que nos queda para luchar contra la desidia, la falta de voluntad, el desinterés y un marco legal que deja a las Humanidades en franca desventaja ante la pujante entrada de la robótica y la digitalización, de las que nada supo el bueno de Fernando de Rojas.