jueves, 31 de marzo de 2022

Contra las Des-Humanidades

 


¿Qué impronta tiene la obligación de dejar el profesor en el espíritu de sus alumnos? Segura y preferiblemente ninguna. Lo que ocurre es que a veces uno sueña con lograr alcanzar a que lleguen a tener una pátina de conocimientos, una semilla congelada que pudiera brotar en algún momento de sus vidas futuras, para hacerlos así seres no más cultos, pero sí más sensibles a la cultura. 

Ayer me vi preparando una clase con el fin de explicar La Celestina de Fernando de Rojas. Sabía que términos como “comedia humanística”, pre-Renacimiento o tragicomedia les traerían al pairo. “El argumento”, me decía a mí mismo, “el argumento de la obra es invencible”. Hace ya muchos años le leí a Juan Goytisolo el relato de cómo logró que unos alumnos puertorriqueños, desapegados de cualquier manifestación literaria, se quedaran completamente extasiados ante este clásico castellano. Supo inocular el veneno de la historia contando prosaicamente el argumento. Así hice: presenté a un joven llamado Calisto, que queda prendado de una chica al entrar accidentalmente en el huerto de la casa de ella. La escusa: buscar su halcón descarriado. Luego el consejo que le da su criado Sempronio para contratar los servicios de la vieja alcahueta Celestina que logrará que Melibea, que así se llama la chica, sepa de los intereses amatorios de Calisto. La conversación entre el joven noble y la vieja da como fruto una nueva capa para esta servicial “madre”, además de cien monedas de oro. Los criados de Calisto, a la sazón amantes de dos putas que viven en casa de la vieja (por cierto, el libro de texto las llama “discípulas” de Celestina), matan a la anciana por negarse esta a repartir las ganancias. Ajusticiados serán ambos en la plaza de la ciudad por tal asesinato. Despojadas de sus amantes como quedan las “discípulas”, Elicia y Areúsa contratan los servicios del matón Centurio para que aniquile en venganza a Calisto. En la profunda noche donde el amante recita versos de amor al oído de la amada, el sonido de una gresca callejera hace caer a Calisto desde las alturas, partiéndose el cráneo contra el suelo y muriendo en el acto. Melibea no observa otra opción que el suicidio. Su padre, un burgués constructor de barcos que responde al nombre de Pleberio, recita un hermosísimo y emocionante planto por la muerte de su hija.

He repartido los papeles y cada uno de los aconteceres de la obra en nueve escenas. Las han escrito e imaginado (sin leer la obra). En una clase de once, donde sólo hay dos chicas (una Melibea y la otra Celestina), los dos que han hecho de “discípulas” se lo han pasado en grande mientras escribían. Cuando les planteé que la verosimilitud de la obra descansaba en parte en el uso del habla de la calle, no pudieron resistirse a largar una buena vaharada de tacos en cuanto han tenido ocasión. Casi todos han escrito algo. Mañana haremos una representación a modo de “comedia humanística” compuesta para ser leída. Quiero confiar en que, a pesar de su improbable contacto con el libro, algo permanecerá de esta forma en sus memorias. Este entusiasmo momentáneo es la única arma que nos queda para luchar contra la desidia, la falta de voluntad, el desinterés y un marco legal que deja a las Humanidades en franca desventaja ante la pujante entrada de la robótica y la digitalización, de las que nada supo el bueno de Fernando de Rojas.