viernes, 28 de junio de 2013

Gambas económicas


En la granja donde he trabajado hasta esta bendita mañana, existe un ser de otro tiempo, un hombre prehistórico que imparte a los pollos sensibilizados con las finanzas la asignatura de economía. P., cuyo nombre responde a esta inicial, es un hombre achatado, macizo, como si le hubiera caído encima un yunque tamaño humano. Su estilo es italianizante: una frente amplia, unos rizos    apelmazados y esculpidos en el cráneo a base de fijador y una mirada entre fiscal antimafia y capo. La ropa es buena, pero parece o que ha perdido 40 kilos y no ha visitado a su sastre para redefinir su atuendo o que tiene un hermano más grande que él que le pasa la ropa. Su mayor tarea diaria es encajarse en la pantalla del ordenador de la sala de operarios para escrutar las páginas que envenenan sus sueños: Expansión, la bolsa de valores y los vuelos baratos a Nápoles, adonde va de vacaciones a pasear su humanidad al frenético ritmo del Sur. Se mea encima de cualquier incauto que maneje términos propios del optimismo económico tales como los desfasados "brotes verdes". A P. no hace falta preguntarle sobre cómo va el asunto; él mismo opina con voz de gondolero  en invierno: "Orrvidarrse de la extraordinaria; nos van a pagá un mojón". El caso es que el hombre no es un estilista del lenguaje técnico, pero ha hecho una biblioteca de economía en el departamento que ya quisieran muchos. Un día me dijo que Paul Krugman era un rojo y otro que a Tony Judt no lo conocía, pero que si también salía en El País había que leerlo como Las 50 sombras de Grey: con los pantalones bajados (?). 

Tuve la ocasión de ver los apuntes que él confecciona y que los pollos estudian de pe a pa sin ningún tipo de crítica ni guía: "Los movimientos de antiglobalización están formados por radicales de izquierda, cabreros, poetas, gays y lesbianas, cantautores, etc.". Enemigo radical del altermundialismo, su compromiso con la realidad es indiscutible. Ha creado un concurso entre los pollos más talluditos para introducirlos en el apasionante universo de la Bolsa. El ranking era publicado semanalmente en el corcho del corral para deleite de las aves ganadoras. 

Esta semana, llevado por la bohomía que lo caracteriza (esto es un dato cierto), nos ha agasajado  a los operarios aviares con uno de los productos estrella de su tierra: 10 kilos de gamba blanca de Huelva transportadas en bolsas al estilo Pantoja. El hombre repartió afanosamente en platos plástico el contenido. A puñados fue llenando la vajilla y disponiéndola en la mesa de la sala (eran las 11:30 de la mañana), como si sus manos fueran una grúa de esas máquinas de feria con la que nunca conseguías agarrar el reloj calculadora que tanto deseabas. Con el mismo gesto de repartir las gambas, soltó sal sobre los platos. Ahí mató la ilusión de asistir a una orgía marítima, a una bacanal onubense: tras la ingesta de una simple gamba, era necesario trincarse un vaso de tubo lleno de agua hasta el filo. Pero como la afición a la gamba es mayor que el respeto por la tensión arterial, los obreros del corral, celebratorios y expansivos, se trajinaron los platos con sonrojante velocidad. Como en la Égloga III de Garcilaso, "en el silencio sólo se escuchaba, un susurro de..." dientes famélicos que desnudaban las gambas a ritmo militar. El festín acabó. P., orgulloso de haber agasajado a sus más o menos pares con esta comilona, se volvió al ordenador y estuvo manejando la calculadora, no sin antes afirmar de manera enigmática que aquello no lo había pagado él. A saber.

Todo ello me lleva a pensar que hay niveles de rumbosidad a la hora de festejar lo que sea. P., como decía una joven enamorada del marisco, "ha hecho insuperable este día". Con un tipo que adoctrina a los pollos con estas soflamas de ultraneoliberalimo radical, prefiero la tortilla fría del Mercadona que alguien cuela de rondón de vez en cuando. Revisen los cuadernos de sus hijos. Nunca se sabe quién está detrás. Feliz fin de semana, pollos.


martes, 25 de junio de 2013

Para que no se me olvide.



Hoy una joven llegó a por sus calificaciones sola. Una breve nota firmada por su madre le daba la venia para recoger el boletín. Se acompañaba de una bolsa roja tapizada de fotos de Marilyn en poses sensuales. La bolsa guardaba una caja de bombones y una nota. La joven, ante mi llamada de atención acerca de la belleza de la actriz, me dijo que la había comprado para mí y que contenía algo que yo me había ganado por mi atención hacia ella y sus compañeros. A continuación rompió a llorar. "Lo siento; es que todo esto me parece muy bonito, muy emocionante". La adolescencia no conoce la doblez emocional. Cuando se llora, se hace con una contundencia que nos deja helados a los que abandonamos esos campos abonados con las flores de los sentimientos hace años. 

Me pregunto qué queda después de todo esto en las arcas de la memoria. La joven Paula crecerá y tal vez recuerde con cariño esta tarde calurosa de verano en un aula donde ejerció su derecho a sentir sin ataduras, mientras unos bombones se derretían como se derretirá esta misma tarde bajo el contumaz efecto del olvido. He besado con un agradecimiento infinito a esta chica que me ha regalado la certeza de que merece la pena el riesgo de trabajar en estas granjas de formación humana. Lo escribo para que no se me olvide. Perdónenme el atrevimiento. 

sábado, 22 de junio de 2013

El bello verano comienza



Acostumbraba a darle la bienvenida al tiempo de las golondrinas con una audición sentimental de cualquier versión de la maravillosa nana Summertime de Gershwin. Ayer fue un día diferente. El verano llegó anunciándose en los gestos menos esperados. Desde la tarde el mundo cambió fabulosamente hacia un sabor salino, de presagio seguro, de mar prometido. Unos cuentos pollos con los que trabajo en la granja matinal son aventajadas jugadoras de voley playa, esa versión carnal y solar del voley bajo cubierta. A escasos kilómetros de donde habito, promotores de eventos deportivos volcaron unas cuantas toneladas de arena y plantaron redes, chiringuitos y gradas para que jóvenes púberes, Lolitas elásticas y desinhibidas, brincaran y se lanzaran a tierra con una decisión bélica a salvar bolas imposibles. El espectáculo de valquirias cinceladas por el tiempo feliz e inconsciente de la adolescencia y de la primera juventud no dejaba lugar a dudas: la vida pasa y nos hiere con la consciencia de que la belleza es un fruto sensible, el rumor de una amapola recién cortada que pronto se tronchará por el efecto malévolo del aire helado y vulgar de la madurez. Para colmo, una luna a la que le faltaba un hilo de plata para forjarse como una luminaria vigilante para la Noche de San Juan se colgó del cielo a iluminar estas batallas valquíricas.


Volví a casa con el alma llena de canciones por esto y mucho más. Me senté en el salón a meditar sobre la temporada estival que comienza, sobre cómo encajar la vida de ahora entre tanta palmera salvaje. Coloqué bajo la aguja un disco glorioso de Laurindo Almeida y Bud Shank, que me llevaron a la luna de Río con una guitarra cargada de bossa y un saxo brillante de blues. Salí al aire fresco de la noche y husmeé en la oscuridad. No hubo duda: este será un gran verano. Que lo disfruten.

jueves, 20 de junio de 2013

Tiempo de amor



Hacía tiempo que no pasaba por aquí, llevado por la espuma azul de los días a playas paradisíacas que no tienen cabida en estas líneas. Quería contar que la belleza, ese pájaro tornasolado que habita en los bosques menos pensados, te asalta con un oportunismo efervescente en cualquier esquina. Resulta que el joven que adecenta por la tarde la granja donde trabajo, a base de escoba y productos químicos que cepillan el áurea de los pulmones, es un hombre que tiene más sensibilidad y talento que otros operarios que trabajan directamente con los pollos. A base de encontrarlo en los pasillos, ha ido apareciendo una tímida relación, una anagnórisis fortuita que me hace constatar que las almas nobles abrazan cualquier utensilio, sea éste la brocha, el cincel, el martillo o la escoba. E., que así se llama, me regala una parte de su vida a cada encuentro. Hoy, ante la visión de un ajedrez magnético en mi departamento, me ha preguntado si yo le daba al arte del escaque. Al contestarle con la respuesta desorientadora de "sé mover las fichas pero no sé jugar", el joven me ha desgranado su historial de ajedrecista adolescente: "fui campeón de mi colegio". Las glorias pasadas tienen una luz nimbada en el recuerdo. Al joven se le infló el pecho contando sus proezas ejedrecísticas, habiendo ganado incluso a su maestro en las últimas partidas antes de salir al gris mundo de la realidad. 

Pienso en él y en los otros. Durante la comida con mis compañeros, he oído historias que me alejaban de la tibia bondad de los días: excitantes y superficiales historias de tuppersex narradas con un nerviosismo infantil; relatos de fracasos amorosos por mezquinas actuaciones; o recitado de frases hechas, abonadas con el verbo estéril de lo que no se ha vivido directamente. Cada vez tengo más claro que la vida se vive en los rincones menos tocados por la comodidad de la clase media (?). 

Nada más. Espero que el verano que ahora casi nos abraza tenga un efecto revelador en nuestras vidas. Sean felices y no abusen de la estupidez; sus amantes se lo agradecerán.