jueves, 19 de julio de 2018

Penetra. Hilo peinado



Hoy el pasado me requirió un expurgo. Mi madre, que ya lleva haciendo desde hace demasiado tiempo de guardamuebles, guardalibros, guardacartas y demás quincallería de mis años mozos, me dio un ultimátum hace unos días. Con toda la razón del mundo, me instaba a que hiciera limpieza de cajas llenas de papelajos y libretas para poder aprovechar el espacio que lleva 25 años prestándome desde que me fui. Como todo el mundo sabe, el movimiento del ayer conlleva encuentros de muy diferente cariz: cartas de amor, diarios, colecciones de cosas inservibles y recortes de prensa (estos recortes, casi todos de suplementos culturales, hicieron la función de darle a un estudiante tieso la oportunidad de saber qué se cocía en el mundo literario de aquella época). Entre los muchos objetos que han ido saliendo, mi hermano ha dado con este ejemplo de finesse nacional. Colocaré aquí los elementos constituyentes de tan gran hallazgo:


ALGODÓN ELASTANO “PENETRA”
HILO PEINADO
Fomenta empleo, producto español, máxima calidad, viste moda natural.



Del careto del señor sólo he podido saber que tal vez se trate de Esteban Corral Sánchez, propietario de la marca sita en Guadalajara. La leyenda que rodea el núcleo de la etiqueta no deja lugar a dudas de que este señor es tan buen patriota como dudoso esteta. Lo que más sorprende es que la etiqueta viniera en unas sábanas adquiridas por nuestra madre en una mercería del pueblo. Al parecer son apreciadas por todas las doñas del lugar por su incuestionable calidad. 

Dejo aquí, pues, este testimonio impagable e imperecedero del disseny carecense para la reflexión de todo aquel que ande preguntándose si realmente son necesarias las escuelas de diseño en España. 

martes, 10 de abril de 2018

Grecia en casa Mariflori


Mi nuevo centro de trabajo celebra con su propio nombre la capacidad intelectiva de los humanos. Bajo la advocación de Atenea pusieron a este edificio donde despacho lo que puedo de lunes a viernes. Para homenajear a tal divinidad, se festeja una bienal en torno a su figura y a la cultura griega. Me dicen que la muchachada comparece a estos fastos ataviada a la moda de Sócrates y que sus preceptores no le van a la saga con el atuendo. En un primer momento me planteé asistir a tal celebración con una corona de laurel manufacturada, ojos pintados con rabillo greco-cani y la consabida sábana de cama de la casa de mis padres dispuesta con más o menos gracia. La presión y la entrega del personal han comenzado a ser tan grandes, que he tenido que recurrir al disfraz pagado. Esta misma mañana un alumno me confesaba que por diez pavos del ala te daban en “La Mariflori” (sic) un disfraz de senador romano. La heladificación del mismo, continuaba diciendo esta inteligente criatura, no era necesaria, pues entre griegos y latinos poca diferencia había.


El local de la Mariflori es una mercería que combina carretes de hilo, arreglos de trajes de flamenca y disfraces made in China, además de adminículos para cachondeos varios. Me consta que Mariflori hace encuentros picantones con sus allegadas en la trastienda, dándole cuerda a pequeños penes con patas, que corren incansablemente por la mesa de camilla que allí tiene, o lanzando fláccidas pollas de látex pegajoso al techo o a las paredes, desde donde se precipitan de arriba a abajo en atropellada caída libre, alternando toques de prepucio con toques testiculares hasta caer al suelo. Mariflori, ante mi petición de convertirme el jueves en súbdito de Pericles, me entrega un catálogo con el grosor de las páginas amarillas de Cáceres: un voluminoso libro donde elegir el atuendo necesario para cada ocasión. Me deja en el rincón más alejado de un mostrador en forma de ele. Ella sigue despachando botones y cremalleras; yo, por mi parte, observo con curiosidad el tesoro que tengo entre mis manos. Me admira la disposición histórica de cada página. El autor de esta maravilla decidió colocar sus productos en digna progresión cronológica. Musculados muchachos y hermosas e indolentes muchachas se van convirtiendo a cada página en trogloditas, fenicios, egipcios, griegos, romanos, moros, cristianos hasta llegar al mundo del superhéroe en un apéndice ad hoc. Mariflori me apunta que por 18 euros me llevo un digno disfraz de senador romano. Le hago caso. La señora me parece ahora la Donatella Versace de esto. Me hace dejar cinco euros en prenda con la promesa de que me lo tendrá para mañana. “Los chinos son competencia, pero esos no te devuelven el dinero como nosotros”. Mariflori es una grande, sin duda. Más grande me parece aún la sensibilidad del diseñador del catálogo que bien pudiera convertirse en libro de texto de historia dentro de unos años como la cosa siga por estos derroteros. De momento, el jueves andaré hecho un griego o algo aproximado. 

domingo, 8 de octubre de 2017

Azafatas


En los años noventa (justo antes de la llegada de la ortodoncia universal), cuando te aventurabas a realizar un viaje transoceánico a las Américas, descubrías una tipología humana al borde de la extinción: las antiguas azafatas de Iberia. Todas ellas pasaban de la cincuentena larga, muy larga. Eran señoras de porte señorial, con una flema impostada, que no aguantaban ni el descaro ni la zafiedad de la nueva masa democrática que había accedido, al fin, a volar en aviones que en sus tiempos mozos sólo cataban los visitadores médicos meritorios, la alta burguesía y las campeonas de ventas de Tupperware. Te miraban con una distancia polar, como si hubieran abierto la tapa agujereada de una capa de zapatos llena de nauseabundos gusanos. Bregaban con el pasaje dominicano que iba a visitar a los suyos desde la ventajosa situación del que vuelve del primer mundo pero salió del tercero. Ahí se las veía sufrir porque el proxeneta de la fila 45 (negro ensortijado con tupé a lo James Brown, zapatos de punta y hebilla de cinturón plateada con la palabra SEX) las llamaba “mi amol” y no entendía los códigos que ellas se afanaban por dejar claros.
Nunca supe por qué eran las que atendían estos vuelos de ocho horas. Supongo que sería una forma de seguir manteniendo un sueldo como los de su época, viéndoles, ya casi, las orejas al lobo del low-cost y a las pre-jubilaciones menos dadivosas.
Este tipo humano no se ha extinguido. Llevo semanas constatándolo. Mi cambio de corral de trabajo me ha puesto en la senda de estos encuentros del pasado. Los operarios de corral somos soldados rasos de infantería. Es una absoluta memez darse aires cuando la cría de pollos nos iguala en los quehaceres. Ni siquiera los sexenios darían para crear una supuesta brecha de clase entre ellas y los nuevos obreros, pero ahí están, todas las mañanas, con el aire de azafatas de Iberia del antaño dorado, torciendo el gesto en los pasillos para saludar a un infinito poco comprometedor. Yo las celebro para que no se extingan, para que sigan dando color aristocrático a algo que ya no lo tiene. Aún no saben que las acompañaré feliz a sus fiestas de jubilación.

lunes, 11 de septiembre de 2017

El procés de maduració de les taronges


La City vuelve a bombear vida tras el verano. Bajé a la ciudad a que la doctora P. me reconstruyera la pieza número 37. Antes de las vacaciones, me colocó un empaste medicamentoso. Hoy me ha explicado (últimamente adopta un claro aire de didactismo médico en sus intervenciones) que tal emplasto lo inventaron los americanos para que los soldados metidos en la selva vietnamita pudieran atender sus caries sin necesidad de tener un equipo odontológico completo a mano. Pensé en Rambo.

Seguramente el lugar donde mayor expresividad ocular desarrollemos sea en el dentista: la doctora habla, monologa ante el silencio de su joven aprendiz, que aspira con tino los deshechos que flotan por la saliva refleja que produce el paciente; habla, habla... Al paciente sólo le queda asentir con la cabeza, dejar caer las pestañas o remover los ojos en señal de no se sabe qué. Que si Vietnam, que si blablacar para ir ayer a la playa con una amiga doctora a la que tampoco le apetecía conducir, que si las llevó de ida un maestro la mar de simpático y de vuelta las trajo un ingeniero informático... Todo es agradablemente neutro en estos soliloquios de jeringa y lima en ristre. La mujer cree por encima de todo que lo que mueve el procés en Cataluña son las ganas de dinero. No pierde puntada para caracterizarlos: “cuando voy a Barcelona de congreso médico, los primeros que están en la sala de conferencia son los catalanes; los primeros que se van y no salen con los compañeros son los catalanes. Siempre están ahí. Son unos agonías”. El ataque contra los catalanes (en su totalidad; aquí no hay ni buenos ni regulares ni malos) lleva a ciertas personas a ir contra alguna de sus virtudes: la seriedad y el trabajo. Me dice también que su hijo tuvo una novia catalana y que sus padres eran (lo dice con extrañeza) gente muy correcta y educada. Todo esto me sorprende, la verdad. Convivo con nacionalistas gran parte del año (gallegos, esos tan simpáticos que parecen que ni siquiera tienen señas identitarias de nación) y también son gente correcta, educada, seria y trabajadora. A la sazón son los abuelos de nuestro hijo Santiago. 

Antes de salir de la consulta, me guiña un ojo y me dice que la de ahora, la novia de su vástago, es tailandesa. Parece que así la cosa es menos problemática. Tal vez no sepa que existe un turismo dental al Reino de Siam que está vaciando las consultas de occidente.


Me marcho. Voy al frutero Marcelo, rumano afincado en La Algaba y gran descriptor del producto que vende. Como sabe de mi debilidad por las naranjas, siempre que paso por allí, me hace un rápida relación de procedencia, sabor y durabilidad de las que me llevo. Hoy eran de Portugal. “Muy ricas. Ya hay un tío en Guillena que las está cogiendo verdes para madurarlas en cámaras y venderlas antes y más caras. La gente flipa”. Me lo dice con su acento chispeante de rumano de La Algaba. No voy a decir nada al respecto porque es zafiamente simple, pero comparen el párrafo de arriba sobre los catalanes (y otras formas de vida) y este otro del prohombre naranjero. Nada más, jóvenes. Good night.

martes, 5 de septiembre de 2017

Hombres de nuestro tiempo



Me pregunto si todos las poblaciones con castillos medievales se ven impelidas por alguna extraña razón a celebrar fiestas históricas por toda la geografía del país. Las épocas remotas parecen que se han convertido en una forma de hacer caja para pueblos con monumentos de este tipo. Por lo que observo, alrededor de todo este entramado de festividades, están apareciendo igualmente actividades vinculadas a la espectacularización de la historia. El otro día fuimos a Alanís de la Sierra, pueblo con castillo, claro, que desde hace años festeja su pasado medieval. Paseando por las callejas donde se vendían juguetes de madera, jarras de cristal talladas (escudos de equipos de fútbol, nombres de enamorados, perfiles de gente famosa...), productos cosméticos y otros cachivaches bastante apartados en el tiempo de la vida del medievo, acabé reparando en un improvisado corralillo compartimentado donde se hacinaban gallinas y patos, donde una cabra africana hacía compañía a una cobaya gigante enjaulada y donde una mofeta levantaba el rabo inofensivamente. Supuse que todo ello formaba parte de la tramoya de las fiestas. A cargo del tenderete había un tipo de unos veintipocos años con gafas demodé. Iba ataviado a la usanza medieval, luciendo en el pecho una cruz de Calatrava. El colega se dejaba los dedos y los ojos en el móvil mientras que, de vez en cuando, levantaba la vista y le decía a los curiosos que se apoyaban sobre los corrales: “No apoyyarrrrrsssse en la maderita, hasé er favó”. Como mi hijo se entretenía con la cabra, pegué la hebra con el muchacho. Para mi tranquilidad, me aclaró que la mofeta estaba operada. Me dijo también que formaba parte de la Orden de Caballeros de Calatrava de Alcaudete (Jaen), que él estaba allí para hacer un favor, pero que a lo que realmente se dedicaba era a escenificar combates medievales con sus colegas. Todos ellos se habían entregado al estudio concienzudo de las obras y milagros de los componentes de la Orden y habían logrado gran verismo, tanto en la vestimenta como en la usanza. El colega se animó y me enseñó un vídeo en el teléfono donde se veía a cuatro tíos pegándose espadazos ante un nutrido corro de personas en bermudas y chanclas. “Nos damos hostias de verdad, sin ensayá ni ná. Eso es lo que más le flipa a la gente. Yo un día tuve un esguinsse en la muñeca de una buena hostia. Sólo nos decimos, a lo mejor, que nos vamos a partir un vaso o una botella sobre la armadura y ya está”. No tenía tarjeta, pero sí facebook (Calatravos de Alcaudete). Allí podría ver yo todo lo que hacían. Me marché pensativo.

Al día siguiente fuimos a una playa fluvial en San Nicolás del Puerto. En la orilla, un pollo de la misma edad que el anterior, pero de mejor porte, charlaba en inglés con una joven. El acento era bueno, pero el contenido de la charla era un poco de comadre: hablaba sobre su abuela, su madre y sus primos. La conversación de comadre hacía las delicias de la chica. El hombre resultó ser de Sevilla; ella, australiana. A unas lugareñas que se habían admirado en voz alta de su facilidad de lenguas les aclaró que sus niños iban a tener mucha suerte con los coles bilingües, que él se lo había tenido que “buscar p´atrás”, sólo, y que gracias a eso, tal como le supusieron las señoras, había conseguido una novia extranjera.
Por la noche volví a pensar en el Caballero calatravo y en el hermoso angloparlante. Me llamaba la atención cómo el esfuerzo, enfocado hacia un fin u otro, podía dar frutos tan variados. Ambos eran felices con sus logros, ambos habían puesto todo su afán en conseguir sus metas de juventud, pero el calatravo me pareció una víctima del rol y el otro, el hombre que todos estamos esperando que llegue. De todas formas, le compré una espada a nuestro hijo, porque nunca se sabe cómo se puede salvar el mundo. Algunos piensan que el inglés es la puerta. Al menos, con la espada, aún tenemos a mano todos los sueños.


martes, 18 de julio de 2017

El gratis total


El enemigo del decoro y el saber estar es lo gratis. Recuerdo que en mi niñez vi a un hombre pelarse vivo contra unas piedras ostioneras mientras pugnaba por hacerse con una pelota de plástico lanzada desde un avión en una playa del Puerto de Santa María. Decenas de curiosos con cara de circunstancia se arremolinaron en torno del herido. El hombre no paraba de gritar “¡la pelota, cojones, la pelota, que es mía!”. En la presentación de un libro de poemas de un notario donde se había dado cita la crema de la burguesía de la ciudad observé, no sin cierto asombro, cómo señoras de porte aristocrático se tiraban a las bandejas de jamón como el que se agarra a un precipicio desde el que caerá irremediablemente. Piensen en todos los objetos entregados en la calle con carácter publicitario y rían conmigo: abanicos, yoyós, botellas de agua, pegatinas, gorras, camisetas, pósters, lápices (la manita introducida en la caja de lápices de Ikea cogiendo un manojo de ellos), leche, agendas, peines, sardinas, pruebas de perfume, vasos de gazpacho, condones, toallas, platos de paella, gafas de sol, parasoles de cartón, DVDs promocionales, posavasos, etc. El nerviosismo que asiste a los individuos que hacen cola en estas ceremonias del gratis total resulta desasogante por lo que tiene de primitivo.

Hace unos meses, la empresa Amazon instaló veinte metros de estanterías en una famosa plaza de la ciudad. En ellas se exhibían libros que estarían a disposición de los lectores que quisieran hacer el trueque por algún ejemplar de su propiedad. Mi colega José María, profesor de inglés y hombre preocupado por asistir a sus alumnos rurales de las heridas del amontonamiento cerril y la incultura, promovió una excursión a tan magno evento para ver la monumental plaza y, de paso, observar de cerca qué era eso del cambio de libros. Las colas daban la vuelta al lugar. Saliendo de la turbamulta de ávidos lectores trocadores de libros se topó con una compañera de Química: “¡Mira, mira, dos libros me he pillado cambiándolos por otros antiguos de mis niños que no valían pa na”. Esa ufanía animal de una señora supuestamente instruida lo dejó perplejo, sobre todo porque lo que se llevaba eran dos volúmenes de grueso veraniego autoeditados por Amazon y de autores desconocidos. Sus alumnos se desilusionaron al ver que sería imposible llegar al meollo. Como noticia consolatoria les apuntó que aquel individuo melenudo que paseaba un carrito de bebé junto a una mujer era el afamado guionista de películas como Grupo 7 o La isla mínima. No las habían visto; ni siquiera les sonaban, pero el hecho de que aquel tipo hubiera sido tocado por la caprichosa varita de la fama los obligaba a hacerse una foto con él gratis total. Su profesor los disuadió.


Lo gratis esconde la esencia del engaño, de lo fácil y de la animalización por lo que de irreflexivo tiene. El turismo masivo, la adoración de la fama a cualquier precio y sin conocimiento de causa, el acogimiento de lo gratis como forma natural de vida, reducen el pensamiento y nos precipita al torbellino de las fotos con desconocidos famosos. Huyan de todo esto y escóndanse en la selva. Allí todo y nada es gratis, como en el cielo de los justos. Good night, my friends.

martes, 11 de julio de 2017

Medicina para cantantes


Es de suponer que Jim Morrison se pegó unas cuantas buenas hostias a lo largo de su carrera cabalgando en la tormenta. El que esto escribe, emulando al niño de New Haven, se dio el otro día un excelente castañazo mientras interpretaba “L.A. Woman” en Cortelazor. Cuando bajé del escenario a montar en el punteo nuestra clásica “sardana doorica” con el público, metí el pie en una alcantarilla depresiva y me jodí el tobillo. La excitación del momento, los litros de cerveza y la amenaza de un lugareño (“como dejéis de tocá, os riego con una manguera a los cinco y os queáis ahí pegaos, hijosdeputa”) hizo que el percance fuera inapreciable. A la mañana siguiente, la cosa ya pasó a morado claro con evidente tendencia al oscuro.

Tras la insistencia de mi amantísima –a pesar de mi descreimiento en el oficio médico que actualmente se dispensa en clínicas privadas o/y públicas–, pedí cita en un templo sanitario cercano de la cadena de medicina rápida Quirón. Tratándose del nombre de un centauro sabio al que Rubén Darío puso en sus labios versos tan de buen augurio (“Calladas las bocinas a los tritones gratas,/ calladas las sirenas de labios escarlatas,/ los carrillos de Eolo desinflados, digamos/ junto al laurel ilustre de florecidos ramos/ la gloria inmarcesible de las Musas hermosas/ y el triunfo del terrible misterio de las cosas”), allá me encaminé con el alma llena de canciones.

La profilaxis ambiental es el signo de nuestro tiempo. En una sala de espera bien acondicionada y con aire fresco me senté a aguardar la llamada beatífica del doctor. Observé que una hilera de hormigas desfilaba bajo los asientos que tenía enfrente. Se topaban con zapatos castellanos de antifaz sin calcetines, zapatillas de esparto y otros calzados en la línea “concierto de julitoiglesias”. Una médica con impostado acento de ninguna parte se daba aires de no sé qué cosa hablando con unos pacientes que se iban. Una máquina de café languidecía bajo una pantalla que emitía imágenes autobombo de la cadena. Pacientes de rostro pseudoborbónico conversaban flemáticamente. Noté que las distancias entre asientos eran, de la misma manera, profilácticas: el miedo de la clase media con ínfulas al contacto físico se ve contrarrestado por este nimio detalle de calidad. Las hormigas continuaban procesionando. Entra un matrimonio joven. Él, mata de pelo encrespado que no para de sobarse con una mano abierta en la que luce el pelucón planteado de marras y unas cuantas pulseras de hilo que bailan al ritmo del reloj; ella, vestido lánguido y estudiadamente casual. Una tal Guillermina entra en la consulta 4. La pantalla muestra ahora una noticia flaubertiana que me recuerda al pobre Charles Bovary y su operaciones bienintencionadas como médico de provincias: “la clínica ha practicado con éxito una operación a un deportista de élite en una de sus piernas”. Sale Guillermina. Tras ella, el médico que la ha atendido, que se pone a hablar con el chico que atiende las llamadas y a los que llegan. Habla de dinero entre dientes pero con cierto tono procaz. Una de las señoras que aguarda su turno pega la oreja y se incomoda. Los médicos son sesentones y las médicas treintañeras.

Todo el mundo se ha ido. La cita lleva un retraso de una hora y cinco minutos. El joven recepcionista resopla. Soy el último individuo que departirá durante los cinco (?), diez (?), quince (?) últimos minutos con el doctor. Sale una señora. Me llaman. Un médico sesentón que me advierte que él no tiene ninguna prisa me pregunta que qué me pasa. Le explico. Me ausculta desde mi silla. Me toca. “¿Le duele?”. Le digo que se puede soportar. “Mire, si yo tuviera aquí material o estuviera el ATS, se lo escayolaría, pero no puedo. Váyase a urgencias del NISA y que le hagan una radiografía. Eso, con escayola, son quince días; sin ella, mes y medio”. El tipo se queda tan pancho. Han pasado exactamente cuatro minutos. Me voy rumiando ya esta fritanga claro. 


Creo que ya he dejado entrever alguna vez mi opinión sobre la medicina que se practica en muchos centros del país. Desde hace años, no me he topado con un facultativo (de la seguridad pública o de la privada) que haya puesto algo de empeño o cariño en lo que estaba haciendo. Lo único que diferencia un medio de otro es lo novedoso de los edificios y la limpieza. La velocidad se muestra como un enemigo tanto por lo mucho (se ventila al personal rápidamente en ambas) o por lo poco (las listas de espera se eternizan en lo público). Por cierto, con la pomada homeopática Traumeel y árnica montana 9CH (ambos remedios nunca los recetaría un médico al uso) la cosa va mejorando. Ya os voy contando. Besos y mucho The Doors.