miércoles, 8 de octubre de 2014

La tarde


Bajé a la ciudad. El amigo Luque presentaba en una biblioteca más o menos céntrica a Fabio Morábito, un ser mestizo de sangre italiana, nacido en Alejandría y con un elegante acento mexicano. Dijo un par de verdades (“la computadora provoca que la perfección y la limpieza de lo escrito haga pensar a muchos que el texto está para la imprenta”) y alguna que otra mentira brillantemente literaria (“El justificante perfecto” en El idioma materno, Sexto Piso, 2014). Andaban por allí otras almas de diversas profundidades que alternaban entre ellas: traductores, poetas, críticos, musas, editores y animadores culturales que con afán lírico convocaban a la concurrencia a unas veladas poéticas todos los martes en Nervión (“para sacar al personal del agujero negro de la Alameda”).


Merodeé un rato por los pasillos del lugar. Alguien había dejado una joya en el lugar donde se depositan los libros hojeados que no enredan el corazón del buscador curioso. Ahí apareció uno de los regalos de la tarde: una antología de Stephen Spender, poeta del que sólo reconocía el nombre y que, hasta hace apenas una hora, sólo tenía por uno de los muchos componentes de esa nómina cada vez más infinita de “algún día lo leeré”. Tocaba hoy. La subida en el metro me procuró unos minutos para la cala de esta antología de Visor. Sólo los cuatro primeros poemas ya han bastado para suspender en el aire el tiempo. Me paré un momento a reflexionar sobre el poema “Facetas del Yo”; una chica joven me sacó de la contienda entre la vida y lo que leemos. “Tú... tú y yo... nos conocemos, ¿no?” Y nos conocíamos, claro. Hacía tal vez doce años de aquello. Fue alumna y yo profesor. Tal vez al revés también. Al menos así lo quiero creer. Por lo poco que pude hablar con ella, la bella Lidia se ha convertido en una joven risueña con la voluntad de hierro. Estos encuentros son hermosamente devastadores: “Ese viento de seda es el tiempo que pasa”, que dijo Cunqueiro. La felicidad de los reencuentros tiene el agridulce regusto de una pérdida y de una recuperación a la vez, pero siempre nos hace que el corazón se aquilate y sienta, ufano, que siempre merece la pena pasar por aquí.

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