martes, 23 de mayo de 2017

Memorias de adolescencia en el Mercadona


El verano olía a chancla quemada. La piscina municipal nos salvaba de la muerte segura. En las noches se buscaba el fresco imposible en terrazas de verano que treintañeros avezados en negocios de barra y garrafón abrían próximas a nuestras residencias obligadas de verano. Los de familias acomodadas (o más sensibles a las veleidades adolescentes de sus vástagos) aún podían buscar el aire sanador y nocturno montados en sus vespinos y cadys, casi siempre en un trayecto hacia ninguna parte. La gente iba apareciendo y desapareciendo en esos chiringuitos de interior con cuerpos tostados por el sol de Huelva, para envidia de los que teníamos la misma identidad perenne que los bidones de cerveza que nos servían de asiento. La adolescencia monocroma de los pueblos del extrarradio sin servicio de autobuses era el castigo de tántalo: las mismas caras una noche tras otra, la misma música, los mismos veinte pavos (que duraban hasta el viernes si se podían aguantar sin gastar). Lo mejor del tinto de verano era chupar los hielos hasta la hora de volver a casa.

Todo esto viene a cuento por una visión sublime y mercadonera esta tarde. La cajera de hoy es C., otra belleza recuperada. La noche mágica en la que apareció hacía tanto calor que aún cantaban las chicharras. Una chica rubia, de cola de caballo alta, entró en aquel templo del aburrimiento con paso tímido. Sentí que para ella era la primera noche, la noche en la que cruzaba al mundo de lo prosaico desde un fanal divino. Una cara nueva suponía comerle una esquina a la monotonía y soñar, aunque fuera sin vespino, que todo era posible.


Hoy me he encontrado a C. en el Mercadona del pueblo. El rojo constante e inextinguible de sus labios, la cola inmutable, aquella mirada que desde el silencio atravesaba los sueños de los chavales hartos de mortadela de verano, seguían ahí, como si hubiera salido de la misma noche aquella. Sólo he podido ver un inevitable descolgamiento de la papada (anecdótico, comparado con el buche y la calvicie del que escribe), atenuado por una elegancia natural en el desempeño de su trabajo. Aquella musa del agosto tórrido, que siempre se mantenía en silencio entre el grupo de amigas, emergía de las nieblas del pasado convertida en una presencia beatífica que me transportaba a los años hermosamente crueles de la adolescencia de aquel verano. Ahora sigue con su discreto encanto: saluda con apenas dos palabras y no pierde un rictus entre lo melancólico y lo virginal mientras pasa con indolencia la caja con los seis cartones de leche de la cinta transportadora a la rampa de recepción. Comienzo a pensar que Mercadona es un Parnaso moderno de tapadillo al que unos acuden para nutrir alacenas y arcones, y otros, los menos, a saldar cuentas con la memoria y la mortadela. Good night, my friends.

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