domingo, 1 de abril de 2012

Adriático con castillo al fondo y palacios barrocos

Siempre es una suerte viajar en primavera por el sur de Italia. Esta mañana se nos ofrecían las leves amapolas tremolando al viento, los cerezos floridos y los troncos barrocos de olivos centenarios decorando el paisaje, todo un presagio de lo que iba a dar el día. Eva y Michele me guiaron a través de la Puglia con el Adriático a la izquierda de la proa de nuestra macchina, que buscaba ansiosa la llegada a Otranto, ciudad mítica para los amantes del género gótico. Horace Walpole se inspiró en el castillo de la ciudad para ambientar la novela inaugural de lo que tanta manteca le ha dado a Sophie Meyer y a algún vendedor de correas de perros para uso humano junto a otros cachivaches de estética gótica. Pasta con frutti di mare, carpaccio de pez espada, mejillones de la zona y abundante Nastro Azzurro. Este es el último mar que vieron muchos cruzados antes de perecer en Tierra Santa; el mismo que disolvió en sus aguas la entregada sangre de los sarracenos que intentaron escalar un castillo que la burbuja inmobiliaria de la historia le brindó a la poderosa Corona de Aragón en la gloriosa y mediterránea Baja Edad Media.

Subimos al coche en dirección a Lecce, la "Florencia del Sur" dicen aquí. Claro está que es arriesgado jugar a las analogías con ciudades que en su interior atesoran un alto porcentaje del canon artístico de Occidente, pero Lecce sorprende por contener en el casco histórico un delicado juego entre el barroco eclesiástico y el palaciego, salvado este último por su uso democrático y comercial con negocios bien dispuestos y excelentemente dirigidos. La mezzaluna nos acompaña en el paseo vespertino en el que degustamos la deliciosa pastelería del lugar y nos adentramos en un interior del XVIII para darnos a las birras artesanales. !Oh, Italia, madre nuestra!



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